lunes, 6 de febrero de 2012

Bibliotecarios en lucha : El color de las mareas...



No sé si el frío que nos arrebata estos días en toda España, la ola de frío siberiana se ha convertido en un fenómeno mediático que enlaza en extraña correspondencia con la otra ola de noticias terribles sobre la economía, quizá por aquello de que las desgracias nunca vienen solas, ha sido un factor determinante para que la convocatoria de abrazar las bibliotecas públicas de todo el país a las doce del mediodía del pasado sábado, bautizada por los bibliotecarios como "marea amarilla " por el color de las camisetas con frases reivindicativas que llevan, no haya tenido la repercusión que se merece en los medios de comunicación. No, desde luego, porque el número de convocados desbordara cualquier previsión ni nada parecido pero del silencio ante esta iniciativa, en claro contraste con el tratamiento de otras mareas, la verde y la blanca del personal docente y del sanitario, tiene todas las trazas de convertir a este colectivo en el patito feo de las reivindicaciones de funcionarios públicos.


El origen de esta marea, cómo no, viene de los recortes públicos y, por ahora, deberíamos atender a ciertos amagos que amenazan con convertirse en algo más serio el día 23 de abril, que es cuando se conmemora el Día del Libro en España. La iniciativa de abrazar las bibliotecas el pasado sábado, de claro gesto anglosajón, surgió porque en el Reino Unido se celebra ese día el National Library Day, un día de reivindicación donde los bibliotecarios británicos realzan la labor pública que realizan, no olvidemos que el movimiento de las biblioteca públicas como motor de la educación del pueblo surgió en las bibliotecas ambulantes del Reino Unido a finales del XIX, y se pensó que realizando ese gesto de abrazar los edificios se llamaría la atención sobre los recortes que amenazan con dar al traste con la gestión de éstas tal y como las conocemos hasta ahora y, de paso, se daría lugar a que este día naciera la Jornada Internacional de Apoyo y Defensa de las Bibliotecas.


Muchos son los síntomas que hacen que este colectivo esté alarmado. Ya dimos cuenta aquí de la retirada de las suscripciones públicas de las revistas culturales que el Ministerio de Cultura otorgaba a las bibliotecas públicas a las pocas horas de  que el nuevo ministro, José Ignacio Wert, tomara posesión del cargo,  y cuya retirada, parece ser, se debe a que el Tribunal de Cuentas podía acusar de prevaricación incluso al propio Ministerio de seguir esas ayudas tal y como hasta ahora se han llevado a cabo, lo que no les exime de inventar nuevos modos. Pero esta retirada es sólo uno de los muchos problemas que los recortes anunciados pueden generar en un sector clave, y desgraciadamente poco mediático, en el servicio público de la cultura como son las bibliotecas. Desde luego el disparadero ha sido la negativa del colectivo a la cuota de pago por préstamo del libro, que es esencial para una correcta labor social de esta institución; problema, además, que rebasa el ámbito español para incrustarse de lleno en el nuevo diseño que los gobernantes europeos están dibujando de lo que debe ser la cultura pública en la futura UE, pero gestos como el interés poco meditado por las nuevas tecnologías, la implantación de los libros digitales en un contexto del que poco se sabe por ahora y que suena más a voluntad por parte de los responsables de las instituciones que de otra cosa, la reivindicación del voluntariado por parte de la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, no ha hecho nada por calmar los ánimos, ya que el colectivo se teme que intenten suplir con voluntariado civil la labor profesional del personal contratado, a lo que reañaden otras acciones, como la reducción en un 50% de las actividades culturales en las bibliotecas públicas por parte del gobierno de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid, por ejemplo, las actividades de los cuentacuentos, que tanta impronta han dejado a los niños que visitan las bibliotecas, han disparado las alarmas porque, de seguir así, se temen que la labor realizada hasta ahora, discreta, silenciosa, mucho más importante de lo que muchos imaginan, se vaya al traste con una política de recortes indiscriminada y que atienda a arrugarse ante los colectivos que son más mediáticos, como el del mundo del cine, sin ir más lejos.


La responsabilidad que el actual Ministerio de Educación, Cultura y Deporte tiene respecto al funcionamiento correcto de las instituciones culturales en estos momentos es crucial porque con una política drástica de recortes públicos  puede dar al traste con una industria, como la de la Cultura, que genera alrededor del 4% del PIB español. En el Ministerio se les acumulan los problemas en los colectivos del cine, con la gala de los Goya en los próximos días, y la repercusión mediática que los actores poseen, en los del teatro, en los de la industria del libro, la más importante porque es la que más riqueza genera, la del mundo del Arte… y surge un proyecto de ley que parece va a ser el paliativo adecuado a tantos problemas generados por los recortes: la ley de Mecenazgo. Según sabemos, por ahora, esta ley se basa más en el modelo francés que en el anglosajón, es decir se otorgaría prioridad respecto a descuentos fiscales a las empresas que apostaran por instituciones públicas y no por las privadas. Desde luego que una ley de Mecenazgo es algo que desde hace años en todos aquellos colectivos que tiene que ver con el mundo de la cultura se pide, se ha pedido, con urgencia, pero el problema deviene insoluble cuando se quiere pergeñar una ley en tiempos de recortes galopantes del sector público. Parecería que en todo esto hay más de gesto de recurrir a la Providencia que de enfrentarse con un problema real, es decir, cómo conseguir que a las empresas, que no tienen un euro para invertir en este tipo de cosas, se les abran los ojos de pronto y afluyan los dineros a las arcas públicas. Habrá que esperar.


Pero mientras tanto surgen las mareas, las blancas, las verdes, las amarillas de los bibliotecarios… habrá más colores, por desgracia, porque esa afluencia cromática significará que hay más colectivos reivindicando sus derechos cuando no su mera subsistencia. Ahora son los bibliotecarios, que muestran sus problemas en páginas visitables en la Red, como Bibliotecarios, un blog que recoge opiniones e información sobre las actividades de los profesionales del sector, y que conviene destacar aquí porque son un colectivo importante pero arrumbado, casi preterido, por otros más mediáticos. Algo huele a podrido en Dinamarca cuando se le da más importancia al recorte que pueden sufrir las series de televisión Águila Roja o Cuéntame cómo pasó… ( parece ser que el coste del minuto de rodaje está por los 15.000 euros), que a los innumerables, y más baratos, de las bibliotecas públicas. En este sentido bien podríamos decir que estos dos colectivos representan el lado esquizoide con que se miden los valores de los recortes públicos a la cultura. Significativo. Pero este es otro problema