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viernes, 17 de octubre de 2025

​17 de octubre de 1945: Nacía el peronismo ***


A 80 años del 17 de octubre de 1945, crónica del día en que en el país asomaba a una nueva era. Una jornada que dejaría su huella en la historia. La multitud marchó desde los suburbios a la Plaza de Mayo en reclamo de la libertad de Perón, el "coronel del pueblo".

Ya desde los días previos al 17 de octubre de hace 80 años se incubaba un fenómeno que la política argentina desconocía hasta entonces. Y que estallaría con una fuerza volcánica hacia la medianoche de esa jornada. Tan novedoso era el mensaje naciente que aún no tenía nombre. Sin embargo, estaba pariendo ahí, a la vista de todos, en una Plaza de Mayo restallante, ante una multitud dispuesta a dejar constancia de su existencia.

Al anochecer nadie se movía un centímetro de sus lugares, pese a la fatiga acumulada en un día caluroso, húmedo y, sobre todo, prolongado. Entre las luces mortecinas de los faroles de la Plaza, algunas antorchas encendidas flameaban como si insinuaran el auspicio de un nuevo tiempo.

Con canciones ingenuas, improvisadas algunas, otras ensayadas a lo largo de la jornada y otras más ya probadas en mítines anteriores, sin quererlo la muchedumbre le daba aires de verbena a esas horas de complejas y tensas negociaciones en la Casa de Gobierno, en las cuevas políticas y en los cuarteles

Más allá de los coros y la picaresca colectiva de los manifestantes, que aún no sabían del protagonismo que estaban ganando, había un reclamo innegociable: que apareciera "el coronel del pueblo", por quien bramaban con insistencia desde horas tempranas.
Ese hombre, el coronel Juan Domingo Perón, había sido apartado de todas las funciones ejecutivas de la administración surgida del golpe militar del 4 de junio de 1943. No era uno más en los elencos del poder: ejercía la estratégica Secretaría de Trabajo y Previsión, la jefatura del Ministerio de Guerra y la vicepresidencia de la Nación.Lo que se dice el hombre fuerte de la Casa Rosada, en manos formales del presidente Edelmiro J. Farrell, como presunta garantía de un equilibrio de las tendencias militares en pugna, básicamente nacionalistas, liberales y unos pocos "profesionalistas"

Pese a los desmentidos que ensayaban algunos influyentes sectores del gobierno, Perón estaba preso en la isla Martín García, removido por el recelo que despertaba en muchos de sus camaradas de mando. Por él y su detención, la calle había amanecido alborotada y así se mantendría a lo largo de una fecha que partiría en dos la historia argentina. Para siempre.
Curiosamente, cuando las primeras sombras de la noche señalaban el epílogo del más largo día en los recurrentes ajetreos domésticos, amanecía un nuevo escenario, en consenso con las demandas de la posguerra y los nuevos diseños políticos y sociales del Estado de Bienestar. Y se profundizaba una antigua discordia entra la ciudad portuaria y un sector del interior de escasa productividad, marginado de la renta generada por una economía básicamente agroexportadora: una puja distributiva alimentada, además, por diferencias sociales y culturales que hacían de la Argentina un país de asimetrías profundas

Transformado, asimismo, por un alud inmigratorio que modificaría su composición social de manera dramática desde finales del siglo IX. Y que anualmente empujaba, según registros estadísticos de la época, a unas 150.000 personas a radicarse en las márgenes de la gran urbe hasta modificar su fisonomía social y productiva. Aquel 17 de octubre aparecerían súbitamente en la Plaza añejas asignaturas de cuestiones irresueltas, recalentadas por el fervor de las multitudes callejeras, que llegaban desde los suburbios fabriqueros.

El país estaba dividido desde mucho antes del fenómeno popular que desde el amanecer fluía en columnas obreras, camiones atestados, tranvías desbordados, en barcazas o a nado por el Riachuelo, que le harían afirmar al historiador Félix Luna, en "El 45", su oba más citada y más leída: "No hay nada en nuestra historia que se parezca al 17 de octubre".

Aun así, muchos llegaron a conclusiones apresuradas. La 5te edición del popular diario Crítica, por ejemplo, con la manifestación recién organizándose, titularía en dos líneas a nueve columnas en su formato sábana: "Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población", fallida conjetura acompaña de una imagen trucada, con poca gente en la Plaza. Luna calificaría sin medias tintas la movida editorial: "…una fotografía que era canallesca desde el aspecto de la ética periodística". Para fake news, las de antes.
En términos políticos estaba en proceso de construcción un fenómeno que, en pocos años más, se llamaría peronismo, una poderosa fuerza que marcaría a fuego la vida del país durante al menos 30 años en su versión originaria, a veces con un sesgo prepotente y autoritario; en otras, azotado por la violencia institucional de las intervenciones militares.

Ese segmento naciente estaba compuesto por actores diversos, pero básicamente habitantes de la Argentina profunda. Sectores sociales marginados y empobrecidos que venían a probar suerte en las márgenes de la ciudad opulenta, dispuestos a emplearse en los puestos de trabajo de la nación industrial en ciernes, aun sin identidad ni pertenencia definidas, y vacante en términos políticos.

Esa energía nueva, expresión de cambios culturales profundos, con el tiempo iría perdiendo su espíritu plebeyo, reformista y transgresor hasta sufrir, en el largo tránsito a nuestros días, deshonras varias en su estirpe originaria.

En lo social y cultural nacía un proletariado autóctono, que tributaba a las leyes y beneficios que había alcanzado de la mano del "coronel del pueblo", ajeno a las rebeldías anárquicas y contestatarias de las corrientes inmigratorias de los sindicatos europeos de izquierda, propios del siglo XVIII y XIX. La clave de la jornada sería el viraje que los trabajadores de la Argentina de posguerra darían a partir de entonces: se reubicarían ideológicamente en sus prácticas laborales y también en sus mítines celebratorios.

Hasta entonces, la izquierda ortodoxa ocupaba las calles para enarbolar la identidad de un proletariado beligerante, combativo, que abominaba de las leyes capitalistas y promovía una querella continua con las empresas, a pesar de que años antes el presidente Roca había impulsado la Ley de Residencia (1902) para facilitar la expulsión de esos díscolos inmigrantes obreros.

Desde una identidad todavía en proceso de construcción, las nuevas masas trabajadoras, alineadas con Perón, transformarían los 1° de Mayo y harían de los aniversarios siguientes del 17 de Octubre un día de gran euforia callejera y popular, coronada por bailes y murgas, bajo consignas a veces ramplonas, pero de un sentimiento profundo, para desconsuelo de una izquierda extraviada, que terminaría refugiada con los grandes conglomerados liberales de la época. Eran consignas alejadas de la crispación y reflejo de una clase trabajadora más agradecida que promotora del encono y la furia.

*Yo te daré/ te daré Patria hermosa/ te daré una cosa/ una cosa que empieza con P/ ¡Peróoooooon!. (tomado de una antigua canción española "Te daré café", recreada en las canchas de fútbol con el jugador Mario Boyé, entonces de Racing, equipo campeón en 1949-1950-1951, asociado a la gloria peronista)
*Perón no es un comunista/ Perón no es un dictador/ Perón es hijo del pueblo/ y el pueblo quiere a Perón." (Con música de "La Mar estaba serena")
*"Salite de la esquina/ oligarca loco/ que el pueblo no te quiere/ y Perón tampoco". (Con aire de las clásicas zarzuelas españolas)
*"Aunque caiga un chaparrón, todos, todos con Perón" (coreado el mismo 17 cuando amagaron unas pocas gotas)
*Con Perón y con Mercante, el pueblo va adelante" (El coronel Mercante tuvo decisiva participación en la jornada del 17 y en la liberación de Perón. Ya con el peronismo en el gobierno, sería gobernador de la provincia de Buenos Aires)

Nadie había visto venir con claridad ese nuevo actor social, o al menos no habían evaluado bien el ímpetu de su vocación para irrumpir en la historia ni el sentido político de la gratitud a la gestión de Perón en la secretaría de Trabajo y Previsión. Aquellos manifestantes originarios pondrían algo más que "las patas en la fuente" de la Plaza de Mayo para aliviar sus pies hinchados por el agobio de la jornada, y los largos caminos recorridos desde los suburbios bonaerenses, sumados a la dilatada espera al pie de los balcones de la Casa Rosada.

No lo sabían, pero el simbolismo de una nueva representatividad que ellos encarnaban construía un amplio espacio cuestionador del poder de la vieja Argentina conservadora.
Al mismo tiempo, transformaban el naciente proletariado urbano y asalariado en un actor político fundamental de la segunda mitad del siglo XX. Con las nuevas políticas públicas se consolidaba el obrero industrial urbano, sindicalizado, con salario regular, aguinaldo y vacaciones pagas, derechos que lo protegían como fuerza de trabajo.

La discusión venía de antes, pero el 17 la detonó. Confrontaban dos ideales y dos modelos de "pueblo", que se excluían y desconocían mutuamente. Unos veían en "los otros" sólo "oligarcas y niños bien"; desde la vereda de enfrente despreciaban a "las turbas iletradas y groseras", amenazantes para la paz social. Un "aluvión zoológico". No había conciliación posible.
Las clases medias y altas, los intelectuales, y universitarios veían en los gestos y modos de vestir de ese sector "un estridente mal gusto": los llamaban "cabecitas negras" por sus pelos oscuros y su piel cetrina, clásica de las estirpes provincianas de trabajo chacarero, siempre con el sol de testigo.
Ese país se había expresado en la Marcha de la Constitución y la Libertad, de un mes antes, el 19 de septiembre, cuando una multitud marchaba desde el Congreso hasta Recoleta, cantaría a voz en cuello el himno de La Marsellesa y. bajo la inspiración del embajador de EE.UU. en la Argentina, Spruille Braden, quien se iría del país cuatro días después para cumplir otras funciones diplomáticas para Washington, había sembrado la semilla para desterrar lo que consideraban "el peligro nazi fascista de Perón".

Es cierto que las semillas de tanto rencor se habían plantado ya al cobijo de una consigna prejuiciosa y disociadora: "Alpargatas sí, libros no".
El 17, desde la mañana, los caminos se cruzarían de modo dramático. Los obreros se habían anticipado en un día a la huelga general convocada por la CGT para rescatar a Perón de una conspiración palaciega urdida por el general Eduardo Avalos, rival de Perón en el Ejército, antiguo cofrade del coronel en la movida golpista de 1943; el marino Héctor Vernengo Lima y, según el sociólogo Juan Carlos Torre en su compilación sobre el 17 de octubre de 1945 (Editorial Ariel,1996), la maniobra involucraba a un sector del radicalismo representado por el cordobés Amadeo Sabbatini.

Alguien había puesto el pie sobre un hormiguero humano, que saldría a las calles a buscar su destino.Con Perón ya liberado y en el Hospital Militar, trasladado desde Martín García por sus leales con la excusa de un falso diagnóstico que requería asistencia urgente, el general Avalos intentaría un arriesgado gambito para que su asonada no desfalleciera. A todo o nada, aparecería en los balcones de la Casa de Gobierno. Una multitud lo sepultaría bajo una rechifla pesada como una lápida, y un grito ensordecedor: "¡Queremos a Perón, Perón sí/ otro no!" El coronel intuyó de inmediato que su enemigo interno lo ayudaba a cruzar el Rubicón de la leyenda.
Acorralado, el presidente Farrell quebraría una ambigua actitud: "Traigan a Perón ya, terminemos con esto antes de que sea tarde". Avalos, intentaría argumentar. "Basta -le gritaría Farrell, sin la discreción de la media voz, mientras veía a lo lejos la plaza estallada de gente- … que venga Perón". Perón fue. Y le preguntó a su superior. "Sí, presidente. ¿Me mandó a llamar?". Farrell respondería en tono conciliador: "Usted ganó, ¿qué quiere, Perón"?
Sin una sola mueca triunfalista, pero sabiéndose que los dioses estaban de su lado, Perón dijo, según casi todas las fuentes de la época, palabras más, palabras menos: "Le ofrezco mi renuncia, convoquemos a elecciones libres. Ya hemos cumplido nuestra misión. Es hora de escuchar al Pueblo".

"De acuerdo", aceptó Farrell, antes de darle un abrazo como señal definitiva del armisticio. "Ahora salga y calme a esta gente antes de que nos prendan fuego a todos". En ese instante moría el 4 de junio de 1943 como génesis de un nuevo movimiento. El círculo se cerraba justo cuando el 17 de octubre de 1945 transitaba sus minutos finales. El "coronel del pueblo" saldría entonces al balcón. La multitud lo recibiría con una atronadora ovación.

Perón sintió el llamado de la Historia. Entre vítores y aclamaciones, empezaría su discurso, una síntesis de lo que vendría. "Trabajadores: Hace hoy casi dos años dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser patriota y la de ser el primer trabajador argentino" Había nacido el peronismo.

***Por Osvaldo PEPE

lunes, 17 de octubre de 2016

Creo que todavía soy peronista / por Rolando Hanglin

Hoy día, con 70 años, veo que aquella grieta terrible ha sido reemplazada por otra, sin la menor maduración
Recuerdo con dolor la vergüenza de ser peronista cuando tenía 7 años. El 17 de octubre, en las calles de Ramos Mejía reinaba un silencio absoluto. Ninguna celebración.
En aquellos tiempos, se nacía peronista como se nace negro, chino o sueco. Estaba en los genes y se robustecía de a poco, mediante gestos o palabras sueltas, porque a los chicos no se nos hablaba de política. Pero, de todos modos, resultábamos fanáticos de las mismas consignas que inflamaban a nuestros padres.
Padres. ¿A ver? Mi papá, Roddy, era hijo de ingleses y peronista desde la juventud. "¿Hijo de ingleses? ¡Qué raro!". Bueno, en realidad también estaban John William Cooke y Guillermo Patricio Kelly. Muchos años después, ya derrocado el General, mi padre —que era empresario de los que invitaron a Vance Packard a la Argentina— simpatizó con Arturo Frondizi. Y hoy día, si viviera, creo que sería partidario de Mauricio Macri. Es lo más parecido a Frondizi que yo haya visto.
Mi madre era profesora de Historia y simpatizaba silenciosamente con la línea San Martín-Rosas-Perón.
Atención: en aquellos tiempos no se hablaba de estas cosas. Nosotros vivíamos en un barrio que era la Perla del Oeste, donde el cien por cien de los vecinos era fervoroso gorila. Cantaban la marcha de los "Muchachos Peronistas" cambiando la letra, de modo que el estribillo resultaba "Viva Balbín, viva Balbín". El club Discobolo, donde me crié jugando al tenis y nadando en la pileta, era también netamente gorila. De modo que un niñito peronista escuchaba todos los días chistes y los rumores ofensivos contra Juan Domingo Perón y Evita.
Porque las simpatías políticas se transmitían mediante bromas y canciones. He escuchado mil veces, por ejemplo, que Perón era novio de Archie Moore, o que se hacía toquetear por las chicas de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que la jefa del peronismo femenino trabajaba en el Bajo, y otras mil historias que ya olvidé, como los apellidos de Tessaire, Satanowsky y Borlenghi. Se contaban, entre grandes carcajadas, los chistes de Carlos Aloé, el gobernador de la provincia, a quien se tildaba de bruto impresentable. Años después lo conocí personalmente; era un hombre ilustrado.
Cuando por fin me tocó —gracias al empuje de mis padres y una tradición familiar— ir al Colegio Nacional Buenos Aires, el cuadro volvió a repetirse. Todos gorilas. En el lenguaje elemental de los chiquilines —el mismo que manejaba yo—, pero con fisuras.
Por eso hablo de vergüenza. Recuerdo también que a media cuadra de casa, entre lindos jardines con rosas, dalias y malvones, había una herrería. Es decir, allí se cambiaban las herraduras de los matungos que arrastraban el carro del lechero, el botellero y otros. Para nosotros, los chicos del barrio, el trabajo del herrero era fascinante. Nos apostábamos en el portón de chapa para ver cómo el hombre calentaba al rojo vivo unas tenazas en el horno de ladrillos, y luego recortaba los vasos de los caballos. Fabuloso. Con un rico olor a cuero quemado. Pero el herrero había pintado en las chapas del techo "Viva Perón", y esto no le fue perdonado. Después de 1955 —nunca antes— circuló entre los vecinos un petitorio para que firmaran todos: se trataba de expulsar del barrio a la herrería de la calle Belgrano, porque despedía malos olores y atraía moscas. Mi padre se negó a firmar. "En realidad, lo quieren sacar porque es peronista", decía mi pobre viejo.
Había llegado, pues, la Revolución Libertadora. Nunca olvidaré que ese gobierno libertador prohibió pronunciar el nombre de Perón. ¿En nombre de la libertad? ¿No es algo raro? Los diarios tradicionales aludían a él como "el tirano prófugo" o el régimen depuesto. Mientras, se ocultaba el cadáver de Evita. ¿Para qué?
Ya no me importaba. En el colegio me había picado el bichito del marxismo, que era todavía peor que ser peronista: era la subversión, la militancia, la rebelión de los pobres heroicos contra los ricos egoístas. ¡No advertíamos que estos últimos éramos justamente nosotros! Y si alguien lo insinuaba, le decían: "Son las contradicciones del sistema".
Hoy día, con 70 años, veo que aquella grieta terrible ha sido reemplazada por otra, sin la menor maduración. Para colmo, veo a mi alrededor que muchas personas que antes hubieran sido gorilas —se nota en su cara y sus modales— se titulan orgullosamente de peronistas. ¡Pero si Perón murió! Está en la historia, como Juan Manuel de Rosas y el Che Guevara. Los últimos peronistas que conocí fueron Carlos Menem y Eduardo Duhalde. ¡Ah, perdón! Y el señor Lorenzo Pepe, que me extendió el carné honorario del Partido Justicialista, que conservo con amor.
Los argentinos tenemos un problema: no permitimos que las personas y los hechos entren en la historia. Simplemente entran en la amnesia. Entonces, Rosas contra Sarmiento, Lavalle contra Dorrego, Perón contra el almirante Rojas, Videla y Firmenich, las pasteras del Uruguay (?), las Malvinas, el 17 de octubre, todo es irrenunciable e imprescriptible. No se negocia.
Estas cosas merecerían una mirada adulta. Por ejemplo, dice Viriato Unía (mi abuelo, socialista pero católico) en sus Memorias, que el 17 de octubre se volcaron a la calle los desharrapados, los hambrientos, los postergados de la tierra. Hojeo los archivos de los diarios y veo en las fotos que los que "se lavaban las patas en la Plaza de Mayo" estaban de saco y corbata, aunque se refrescaban en las fuentes de la vía pública. ¡Los desharrapados somos nosotros!
Por lo menos ya no siento vergüenza. Pero es que los peronistas que veo alrededor son en realidad otra cosa, otra gente. Y es lógico, pertenecen a otra época. Yo seguiré porque ya es tarde. Nací en un hogar peronista. ¿Qué iba a salir? ¿Demoprogresista como Horacio Thedy?
Pertenezco al partido de las personas decentes, que estudian, trabajan y ahorran. Si al lector le parece demasiado simple, le propongo que lo piense un poquito más. Escuchemos lo que dicen "los que saben", pero no nos apuremos a creerles, porque estamos un poco grandes.

martes, 16 de octubre de 2012

El 17 de Octubre de 1945 / Raúl Scalabrini Ortiz


"Corría el mes de octubre de 1945. El sol caía a plomo sobre la plaza de macho cuando inesperadamente enormes columnas de obrero comenzaron a llegar. Venía con su traje de fragilidad, porque acudía directamente de su fábrica y tres series. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade el parque de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente mis ojos desfilaban rostros atestados, brazos membrudos, torsos fornido, con las greñas al aire y las vestiduras escasa cubiertas de pringues, de restos de brea, de grasas y aceites.

 Llegaban cantando y vociferando, y unido por una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita en la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridional europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en el que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.

El río, cuando crece bajo el empuje del sudeste, disgrega su masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajios con meandros improvisados sobre la arena, en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que ese es el anticipo de inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre de entusiasmo, que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la diagonal.

Un pujante palpitar sacudió la entraña de la ciudad. Un hábito áspero crecía en las densas vaharadas venían, mientras las multitudes continuaban llegando.
Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barranca. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanado en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el torneo de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio.

Era subsuelo de la patria, sublevado. El cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el sustrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente, en su primordialidad sin recatos y sin disimulo. Era el de nadie y es sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gama y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenido por la misma verdad que una sola palabra traducía. Perón!

En las cosas humanas el número tiene la grandeza particular por sí mismo. En ese fenómeno majestuoso que asistía, el hombre aislado es nadie, apenas algo más que un aterido grano de sombra que asimismo se sostiene y que el impalpable viento de las horas desparrama. Pero la multitud tiene un cuerpo y un ademán de siglos. Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.

Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba así presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto.Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaron sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo.

Por inusitado ensalmo, junto a mí, yo mismo dentro, encarnado en una muchedumbre clamorosa de varios cientos de miles de almas, conglomeradas en un solo ser unívoco, aislado en sí mismo, rodeado por la animadversión de los soberbios, de la fortuna, del poder y del saber, enriquecido por las delegaciones impalpable del trabajo de las selvas, de los cañaverales y de las praderas amalgamando designios adversarios, traduciendo en la firme línea de su voz conjunta su voluntad de grandeza, entrelazando en una sola aspiración simplificada la multivariedad de aspiraciones individuales, o consumiendo en la misma llama los cansancios y los desaliento personales, el espíritu de la tierra se erguía vibrando sobre la plaza de nuestras libertades, pleno en la confirmación de su existencia.

La sustancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente, afirmando su derecho a implantar para sí mismo la visión del mundo que le dicta su espíritu un desnudo de tradiciones, de abusos sanguíneos, de vanidades sociales, familiares o intelectuales. Estaba allí desnudo y sólo, como la chispa de un suspiro: hijo transitorio de la tierra capaz de luminosa eternidad." 

lunes, 17 de octubre de 2011

17 de Octubre: Día de la Lealtad ( Texto de Scalabrini Ortiz y Video)

Acá tienen esa jornada historia relatada a través de los ojos Raúl Scalabrini Ortiz, y el discurso pronunciado por el Coronel PERON en la plaza de Mayo:

"Corría el mes de octubre de 1945. El sol caía a plomo sobre la plaza de macho cuando inesperadamente enormes columnas de obrero comenzaron a llegar. Venía con su traje de fragilidad, porque acudía directamente de su fábrica y tres series. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade el parque de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente mis ojos desfilaban rostros atestados, brazos membrudos, torsos fornido, con las greñas al aire y las vestiduras escasa cubiertas de pringues, de restos de brea, de grasas y aceites.

Llegaban cantando y vociferando, y unido por una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita en la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridional europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en el que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.

El río, cuando crece bajo el empuje del sudeste, disgrega su masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajios con meandros improvisados sobre la arena, en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que ese es el anticipo de inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre de entusiasmo, que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la diagonal.

Un pujante palpitar sacudió la entraña de la ciudad. Un hábito áspero crecía en las densas vaharadas venían, mientras las multitudes continuaban llegando.
Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barranca. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanado en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el torneo de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio.

Era subsuelo de la patria, sublevado. El cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el sustrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente, en su primordialidad sin recatos y sin disimulo. Era el de nadie y es sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gama y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenido por la misma verdad que una sola palabra traducía. Perón!

En las cosas humanas el número tiene la grandeza particular por sí mismo. En ese fenómeno majestuoso que asistía, el hombre aislado es nadie, apenas algo más que un aterido grano de sombra que asimismo se sostiene y que el impalpable viento de las horas desparrama. Pero la multitud tiene un cuerpo y un ademán de siglos. Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.

Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba así presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto.Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaron sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo.

Por inusitado ensalmo, junto a mí, yo mismo dentro, encarnado en una muchedumbre clamorosa de varios cientos de miles de almas, conglomeradas en un solo ser unívoco, aislado en sí mismo, rodeado por la animadversión de los soberbios, de la fortuna, del poder y del saber, enriquecido por las delegaciones impalpable del trabajo de las selvas, de los cañaverales y de las praderas amalgamando designios adversarios, traduciendo en la firme línea de su voz conjunta su voluntad de grandeza, entrelazando en una sola aspiración simplificada la multivariedad de aspiraciones individuales, o consumiendo en la misma llama los cansancios y los desaliento personales, el espíritu de la tierra se erguía vibrando sobre la plaza de nuestras libertades, pleno en la confirmación de su existencia.

La sustancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente, afirmando su derecho a implantar para sí mismo la visión del mundo que le dicta su espíritu un desnudo de tradiciones, de abusos sanguíneos, de vanidades sociales, familiares o intelectuales. Estaba allí desnudo y sólo, como la chispa de un suspiro: hijo transitorio de la tierra capaz de luminosa eternidad."

domingo, 17 de octubre de 2010

Efemérides: 17 de octubre del 45;Las vivencias de Leopoldo MARECHAL

En vísperas de un nuevo 17de octubre de 1945 , conmemoración popular de la gesta denominada dia de la leltad, comparto con ustedes un aporte del Lic. J.D.Carbone quien divulgara en su facebbok, la experiencia de notable hombre de la cultura argentina, marginado por el establishment cultural pseudo progre-liberal : El gran LEOPOLDO MARECHAL (1900 - 1970), quien narró así sus contemporáneas vivencias en esa jornada histórica.

"Desde el centro, un rumor... Era muy de mañana y yo acababa de ponerle a mi mujer una inyección de morfina (sus dolores lo hacián necesario cada tres horas). El coronel Perón había sido traído ya desde Martín Garcia. Mi domicilio era este mismo departamento de la calle Rivadavia. De pronto nos llego desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavía. el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y enseguida, su letra:

"Yo te dare...!!!


te daré, Patria hermosa,


te daré una cosa,


una cosa que empieza con P...


PERON...!!!"


Y aquel "Perón" resonaba periodicamente como un cañonazo. Me vesti apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban, no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su lider. Era la Argentina "invisible" que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda.

Desde aquellas horas me hice peronista. Los tabajadores, aquellos protagonistas, sabían que todo lo que habían conseguido se lo debíal al General, y en una situación como la que se vivía no lo podían dejar solo."

(Palabras con Leopoldo Marechal por Alfredo Andrés,(1968) Extraido del libro "La jornada del 17 de Octubre" del libro "La jornada del 17 de Octubre" compilado por Fermín Chavez