sábado, 10 de junio de 2017

La historia del impresor que con 26 soldaditos de plomo cambió el mundo

Hace más de cinco siglos, el alemán Johannes Gutenberg inventó los tipos de imprenta móviles. A partir de su genio, el conocimiento reservado a la iglesia derribó esas paredes y llegó a toda la humanidad. Vida y obra de la personalidad más importante del milenio

 

Diciembre, año 2000. Adiós, milenio, adiós. El sol y los planetas y el vasto universo no se conmueven, pero sí el Hombre. El trágico (dos guerras mundiales) y prodigioso (una huella humana en la Luna) siglo XX ha muerto. Fuegos artificiales surcan el cielo: alegría y esperanza. Los augures -siempre sombríos- reciben el nuevo siglo con el ceño fruncido y el alma agobiada: tristeza y desesperanza. Y entre el "todo puede ser mejor" y el "todo puede ser peor", el Canal A&E (Arts&Entertaiment) despliega una encuesta mundial. Única pregunta: "¿Quién fue el personaje más importante del milenio?".

Votan millones del entero mundo. Desfilan, claro, los consabidos: Leonardo, Lutero, Nostradamus, Einstein, Colón, Marco Polo, Lincoln, Churchill, Shakespeare, Darwin, Mozart, Galileo, Newton, Lenin, Marx, Bill Gates y hasta Vlad Tepes, convertido por la leyenda en el Conde Drácula. El recuento y el suspenso pugnan por la gran respuesta: ¿quién, quién, quién?

Contra todo pronóstico, y por sobre los héroes de la política, la religión, la guerra, la economía, la medicina y la ciencia, sube al imaginario podio (sin corona de laureles ni regando champagne sobre la multitud), ¡un herrero alemán! Nombre: Johannes Gutenberg. Personaje de datos difusos y cambiantes. Nace en Maguncia entre 1398 y 1400 (Alta Edad Media). No se llama Gutenberg: su verdadero apellido es Gensfleisch. Su padre, Friele, comerciante, adoptó el Gutenberg en 1420, por razones desconocidas. Probablemente, para huir de sus acreedores. De su madre, Else Wyrich, poco se sabe, excepto que era hija de un tendero. Un gris comienzo.

Johannes, en un taller, aprende el arte de fundir oro, pero se gana el pan de cada día como herrero del obispado de Maguncia. Se supone (los datos son imprecisos) que hacia 1419 pasó por las aulas de la universidad de Erfurt bajo el nombre de Johannes Eltville (Alta Villa), acaso por el lugar de su nueva morada: el estado de Hesse.

Hasta 1434, sus pasos se borran. Recién en ese año reaparece como platero en Estrasburgo, Francia, y hacia 1439 enfrenta un duro proceso judicial: sus socios Hanz Riffe, Andrés Heilman y Andreas Dritzhehen lo demandan, acusándolo de robo de metales. En el expediente aparecen tres palabras clave: prensa, formas, impresión. Un delito nada casual: algo único y maravilloso rondaba su cabeza.

En la Alta Edad Media, el promedio de vida era de treinta años. y el analfabetismo, de un ochenta por ciento. Muchos reyes y príncipes ignoraban la lectura y la escritura. El libro era poco menos que un milagro. Cada página se tallaba en madera, se impregnaba con tinta negra, roja o azul (únicos colores disponibles), sobre esa plancha se extendía el papel, y se lo entintaba con un rodillo. Construir un libro con ese método, llamado xilografía, tardaba no menos de diez años. Pero al cabo de varias pasadas, la plancha de madera se deterioraba, y había que recomenzar el fatigoso proceso, a cargo de monjes copistas que raramente sabían leer: simplemente, imitaban los signos.

Acabado el proceso, la mayoría de los libros quedaba prisionera de los conventos. La literatura, la información, la sabiduría, pertenecían a un ámbito tan cerrado como el de una sociedad secreta. El resto de los mortales pasaba por el mundo en la más completa oscuridad.

Hacia 1455, Gutenberg apostó contra ese sistema y casi contra sí mismo. "Puedo hacer varias copias de la Biblia (el texto madre, el más impreso) en la mitad del tiempo que todos los monjes copistas e impresores de Europa, y mejor". Aplicando sus conocimientos de la fundición de metales, fue tocado por el soplo mágico que cambiaría el destino del mundo.

Cavó moldes de madera con cada una de las letras del alfabeto, y sobre esos huecos derramó hierro fundido. Luego, logradas más de ciento cincuenta letras (obvio: una sola no le servía), las combinó, formó palabras, las palabras fueron páginas, y de pronto, como un iluminado semidiós, creó los tipos móviles. Los mismos que, por siglos, fueron la primera máquina de escribir, la primera linotipo (genial cóctel de tipos y fundición al mismo tiempo), y el brutal y glorioso desembarco de los libros urbi et orbi, de los diarios, de las letras y las páginas multiplicadas por millones, hoy, en los teclados de las computadoras, los celulares y todas las variantes que cada año, cada mes, salen de los laboratorios de Steven Paul Jobs, de Bill Gates, de los genios subsidiarios de Gutenberg que cambiaron y seguirán cambiando el mundo para mejor.

Según un cálculo reciente, el lector de una sola página del New York Times recibe más información que un habitante de la Alta Edad Media e incluso el Renacimiento en toda su vida, por larga que ésta fuere.

Y llegó el gran día. Que no fue, por cierto, el desembarco aliado en Normandía, que tardaría más de cuatro siglos. Fue un día de 1455, cuando Gutenberg imprimió, a dos columnas, la Biblia latina de cuarenta y dos líneas por columna. ¡Mil doscientas páginas! Un prodigio de belleza tipográfica gótica, parecida -pero superior- a los mejores manuscritos medievales. Tiraje récord para esos tiempos: ciento veinte ejemplares, de los que sólo sobreviven, hasta hoy, cuarenta y seis: tesoro de valor imposible de calcular, pero no menos que un Picasso o un Van Gogh. Y con lujo: en los siguientes cincuenta años, Gutenberg imprimió más de seis mil obras, y su ejemplo se multiplicó: Italia, España, Inglaterra, México y el Colegio Montserrat de Córdoba, Argentina, crearon sus imprentas en menos de dos siglos.

No tardó Gutenberg, aunque acosado por las deudas y los consiguientes juicios de sus financistas, en construir su primer templo: de algún modo, el iniciático salto del libro artesanal y su arduo paso a paso, a la etapa industrial. Fabricó su imprenta mater con madera de roble, a gran tamaño y sencillo mecanismo. Se accionaba a mano por medio de un grueso tornillo (llamado husillo) que hacía bajar y subir una plancha de madera, soporte de los tipos metálicos ya entintados, y se unía a la hoja de papel no menos de dos veces para asegurar la calidad de impresión. Trabajaba sin cesar, día y noche, con "mi ejército de veintiséis soldados de plomo", como llamaba a sus tipos móviles. Plomo, porque ya había superado la etapa del hierro (muy quebradizo), reemplazándola con una aleación de plomo, antimonio y estaño.

Otra genialidad: hasta casi fines del siglo XX, las linotipos todavía activas usaban la misma fórmula. En vano sus joyas tipográficas (la primera Biblia, el Salterio Litúrgico, la Gramática de Donato, la Biblia Pauperum y el Ars Musicorum) asombraron al mundo y merecieron homenajes: en aras de su invento y de la perfección, hombre pobre al fin, Gutenberg se endeudó hasta más allá de sus escasas ganancias. Y eso, sin contar el
odio que desató entre los hasta entonces dueños del saber: los monjes, que en cada libro, y a pesar del tono religioso de éstos, veían una amenaza a su poder. Porque, ¿cómo era posible que, de pronto, el pueblo penetrara en los secretos de sus arcanas bibliotecas?

El último de sus financistas, Johannes Fust, durísimo prestamista usurario, se negó a ampliarle el crédito, lo demandó por moroso, y el genio de los tipos móviles perdió su imprenta, todo su material, y las ciento cincuenta biblias ya impresas. Quedó en la misérrima calle, a pesar de que su invento básico y sus modificaciones (aleaciones, nuevos tipos de letras, cajas tipográficas y un nuevo oficio, los cajistas), ganaban toda Europa.

Acaso la mayor revolución de aquellos oscuros años, y proyectada hasta nuestros días. Casi mendicante y muy cerca de la ceguera, vivió el oprobio de la pobreza absoluta hasta 1462, ambulando en busca de un mendrugo, desconocido para el mundo, y excecrado por los poderosos que veían en la imprenta una Espada de Damocles. Porque, si el pueblo empezaba a pensar, ¿qué sería de ellos?

En 1462, Maguncia, su patria chica e ignorada, pasa a ser ciudad episcopal. Tres años después, Adolfo II de Nassau, contra viento y marea, le otorga a Gutenberg -contra todo lo imaginable- un título nobiliario, lo protege, lo aloja en su fastuoso palacio de Etville, y le permite seguir su trabajo. Pero la fatiga, las cicatrices de los malos tiempos y la fatal claudicación de sus ojos lo reducen casi a la nada.

El tres de febrero de 1468, hacia sus setenta años, muere en la misma ciudad de su nacimiento, y lo sepultan -más que sobriamente, de modo anónimo- en la iglesia de Saint Frances. En los pretéritos archivos late todavía una acusación: robó plata (el metal, no el dinero) para continuar sus investigaciones. ¡Por suerte!, aunque esta exclamación sea tomada al pie de la letra por un mediocre jurista… como apología del delito.

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