domingo, 23 de octubre de 2016

A 130 años de la muerte de José Hernández, el gaucho Martín Fierro sigue conmoviendo con su vida, su felicidad y su desdicha

Su autor, proscripto y encerrado en un hotel de la Plaza de Mayo, y luego de intentar matar el tedio escribiendo poemas de amor, creó un libro inmortal y conocido en todo el planeta
El hombre que ese ardiente día de verano se refugió en la soledad de un cuarto del Gran Hotel Argentino, en la Plaza de Mayo, casi frente a la Casa de Gobierno, no tenía otro destino.
Proscripto por el presidente Domingo Faustino Sarmiento por su pluma y su espada de inclaudicable federalismo y odio hacia el poder de Buenos Aires, no es poca cosa.
Se llama José Rafael Hernández y Pueyrredón: prosapia de sangre. Se ha batido bravamente en combates y ha destilado su fanatismo político en decenas de diarios y centenares de artículos.
Pero ese día está solo en la penumbra de ese cuarto, y empieza a matar el tiempo –que a él lo matará el 21 de octubre de 1886, hace en estos días 130 años, de un ataque al corazón y apenas a sus 52 años­– intentando unos poemas de amor.
Pero de pronto pega un brusco golpe de timón, y con un lápiz sobre papel de estraza de una libreta de pulpería (el más ordinario, color sepia y de envolver), urde casi de un tirón los siete primeros cantos y medio deEl Gaucho Martín Fierro.
En ese momento ignora que ha empezado el Libro de los Libros de la Historia Argentina. Nuestro Quijote. Nuestra Odisea. Nuestro Ulises. Y por qué no, algo de nuestro Shakespeare, ya que su monumental obra fue escrita en verso…
Pero no ignora quién es su héroe. El gaucho que en un tiempo vivía feliz en su rancho, con su mujer y sus hijos, y al que una leva arroja primero a un fortín de línea contra el indio, después lo convierte en desertor, convive con el enemigo, y al retornar a su hogar, "Mas que iba a hallar al volver | tan solo hallé la tapera".
La tragedia de un hombre bueno que, evocando los horrores y las injusticias del fortín, infierno donde lo han despojado hasta de su caballo y ni siquiera le han pagado su sueldo ("Siempre has de ser animal | la paga ya se acabó", decreta un sargento corrupto, acaso simiente de las mil y una corrupciones que llegarían al siglo XXI…, jura "ser más malo que una fiera".
Iluminado, escribe sin cesar la que sería la Ida, la primera parte del mayor poema argentino (gauchesco o no: supera todo género), y el 28 de noviembre de 1872, el diario La República empieza a publicar, por entregas, como los colosos de Víctor Hugo y Dumas padre e hijo, esos versos que alcanzarían la inmortalidad, hasta que la imprenta La Pampadecide convertirla en libro…
La modesta edición inaugural rompe el fuego. Muy pronto se vende en el campo, en la geografía rural que –entre otras cosas– la inspiró. Se lee en grupo, en fogones y pulperías, y a pesar de que la mayor parte del público es analfabeto, pega fuerte en su carne y sus huesos, marcados por el desprecio y la injusticia.
Es posible, y acaso hasta probable, que al escribir la primera estrofa ("Aquí me pongo a cantar | al compás de la vigüela | que al hombre que lo desvela | una pena estrodinaria | como la ave solitaria | con el cantar se consuela"), Hernández no comprendiera el alcance y mucho menos la eternidad de esa historia.
Pero sus insoslayables ecos lo impulsaron (lo obligaron, seguramente),siete años más tarde, en 1879, a parir La vuelta de Martín Fierro, y completar así la que sería no sólo su obra maestra, sino también el más largo y mítico poema nativo, "que logra la interpretación sociológica de una época y una sociedad, aúna lo lírico, lo descriptivo, lo satírico y lo épico, alcanzando los caracteres de una epopeya": una de sus indiscutibles síntesis críticas.
Porque, quién es Martín Fierro, sino un feliz primero, un sufriente después, pero hombre independiente, solitario, fatalista, que de algún modo sintetiza el carácter del nacido en estas pampas o estas playas…
Y ante ese fenómeno editorial prolongado hasta nuestros días, y hacia el futuro, no podía faltar Jorge Luis Borges, que aun sin admirar a Fierro, le dedicó un largo ensayo, conferencias, entrevistas, y polémicas…
Ante todo, ese genio que jamás fue ornado con el Nobel, decretó que "si el gran libro argentino fuera el Facundo de Sarmiento y no el Martín Fierro de Hernández, este país sería mejor".
Extraña dicotomía. Borges condenaba a Fierro por haber matado, ciego por el alcohol, a un negro en una pulpería, llamándolo "asesino", pero exalta al cuchillero Juan Muraña, un matón de los arrabales porteños, con esta maravilla poética: "No sé porqué en las tardes me acompaña | este asesino que no he visto nunca | Que el tiempo, que los mármoles empaña | salve este firme nombre: Juan Muraña"
Sin embargo, admite que el largo, célebre y traducido a cuarenta idiomas poema de Hernández encierra un instante épico insuperable.
Rodeado Fierro por la partida de soldados que habrá de apresarlo y devolverlo al castigo del fortín, uno de ellos, un sargento, grita: "Cruz no consiente | que se mate así a un valiente", y sigue Borges: "Y se pone a pelear junto al desertor Martín Fierro".
Instante luminoso: uno de los más bellos y más exaltados de ese Borges ambiguo que nunca se decidió a definir si nuestro gaucho esencial era un desertor y un asesino, o una víctima y un justo vengador…
Desde luego, la vida de José Hernández anterior a la construcción de su gaucho feliz, perseguido, desdichado, solitario y estéril no fue muy diferente.
Más allá de que su sepulcro en el cementerio de la Recoleta fue declarado monumento nacional, y que la fecha de su muerte (10 de noviembre) es el Día de la Tradición, lo fue todo, o casi todo: militar, periodista, poeta, político.
Federal por convicción, ideología y pasión, enfrentó con todas sus fuerzas (prosa y acero) el dominio de Buenos Aires ciudad en la organización política y económica del país.
Su lema ("Las provincias no deben permanecer al gobierno central": el gran conflicto nacional hasta hoy…), lo llevó a combatir en una de las últimas rebeliones federales encabezada por Ricardo López Jordán,cuya batalla acabó en 1871 con la derrota de los gauchos, y su exilio en el Brasil…
Más tarde, a su regreso, su combate se libró en papel y tinta: en el periodismo. Escribió en no menos de una decena de periódicos, se enfrentó al radical Leandro N. Alem en un memorable discurso, y también a parte de la gente de su sangre: los Hernández de filiación y convicción unitaria, enfrentados a los otros Hernández furiosamente federales. Uno de sus tíos murió en la batalla de Caseros, derrota de Juan Manuel de Rosas y de su poder omnímodo, defendiendo al hombre que hacía clavar la cabeza de sus enemigos en la punta de una pica, y que extrañamente murió en Inglaterra, el país que presuntamente odiaba…
Hernández, en un tiempo de iletrados, era todo contrario: tomó clases de lectura y escritura ("Elemental, Watson", diría Sherlock Olmes), historia antigua, aritmética, gramática, dibujo,  castellano, francés, geometría y  geografía.
Su padre, mayordomo de las estancias de Rosas, le enseñó a cabalgar y lo acercó a los gauchos y sus tareas: una educación sentimental que le abrió la oculta puerta de la dura vida de los paisanos, génesis evidente e inevitable de su gaucho tótem: Martín Fierro.
Hernández se casó en Paraná con Carolina González del Solar, que le dio ocho hijos, a los que mantuvo comprando y vendiendo campos.
Pero era tiempo de pólvora, acero y compromiso, de modo que, a espaldas de tan enorme familia, y después de la caída de Rosas en Caseros,  combatió en pro de las fuerzas federales hasta que, acorralado políticamente, se entregó a la otra forma de la guerra: el periodismo, escribiendo casi siempre con el seudónimo de "Vincha".
Enemigo acérrimo de Bartolomé Mitre, de quien se burló en muchas cuartetas, fue acusado de "villano, mazorquero y cobarde".
Es curioso, o no tanto… Su vida periodística fue larga, vasta, casi inagotable. Escribió en diarios, fundó diarios, hizo de la diatriba su forma de vida, cultivó desde el insulto sin filtro hasta la fina sátira…
Sin embargo, como dándole la razón a Borges ("Un solo acto define toda una vida"), José Hernández, cuyos restos yacen en la Recoleta, se acota apenas en dos escenas y siete años: lo que tardó en urdir la ida y la vuelta del gaucho Martín Fierro, a quien no por casualidad narró en primera persona: fue su carne, sangre, alma y religión.
Y por si poco fuera, imaginó una contrafigura que (¡ay!), por desdicha, se parece a lo peor de los argentinos peores (no es redundancia): el viejo Vizcacha.
Amoral, ladrón, ventajero, obsecuente ("Hacete amigo del juez | no le des de qué quejarse | que siempre es bueno tener | palenque  ande ir a rascarse"), cruel: un canalla de tomo y lomo.
Y por fin, para asombro y por si algo le faltara a ese libro que, de alguna manera, somos todos nosotros y nuestro país, esa payada final en la que, lejos de la contingencia (dolor, injusticia, penuria), Hernández vuela hacia los cielos y se arriesga a tocar profundos temas filosóficos: el tiempo, la eternidad, y otras abstracciones que le cortan el aliento al lector que imaginaba un final realista…
Ya no hay balance ni recuento posible de cuantas ediciones ni millones de ejemplares agotó el Martín Fierro, que periódicamente sigue generando presencias rústicas, pocket, de lujo…
Estas últimas, según Borges, "encuadernadas en cuero de vaca o cuero de Rusia, y destinada a las embajadas argentinas en el vasto mundo, donde ningún empleado las lee, y las regala a dignatarios extranjeros que las abandonan en algún rincón".
Sin embargo, desde su publicación, fue traducida a más de treinta idiomas, y sus reediciones, aunque ya no tan masivas, suelen aparecer como estrellas fugaces que alguien atrapa con la cámara: sus ojos, avanzando desde la felicidad hasta la desdicha del protagonista, en un largo poema que "No es para mal de ninguno | sino para el bien de todos".
Fuente: http://www.infobae.com/cultura/2016/10/23/a-130-anos-de-la-muerte-de-jose-hernandez-el-gaucho-martin-fierro-sigue-conmoviendo-con-su-vida-su-felicidad-y-su-desdicha/