viernes, 3 de abril de 2015

La cultura, un activo que el país desaprovecha / por Daniel Larriqueta




La sociedad argentina ha construido un patrimonio cultural sin igual en el continente, sólo falta que los dirigentes potencien esa vitalidad con políticas de Estado

Alain Ducasse, premiadísimo maestro de la gastronomía francesa, está haciendo de mano derecha del canciller Laurent Fabius para consolidar la imagen y el prestigio mundial de Francia en estas artes. El gobierno sostiene un programa que cuenta con mil quinientos puntos de difusión en el planeta -todos de excelencia culinaria-para que el país multiplique su relumbrón internacional, venda sus productos y siga siendo el mayor destino turístico del mundo "porque el 60% de los visitantes vienen a gozar de nuestra gastronomía". El señor Fabius, atareado en los múltiples y complejos frentes de acción internacional, dispone de tiempo y recursos para el brillo de Francia al margen de la política, las guerras y el euro.

No es una novedad que por lo menos desde el célebre ministerio de André Malraux en el gobierno del general De Gaulle, la dirigencia francesa ha entendido que la relativa declinación política, económica y militar de su país puede ser compensada por "la excepción francesa", el esplendor de su cultura, de sus artes, de su pensamiento, de todo ese rayonnement. Y el Louvre es el museo más visitado del mundo, el idioma sostiene su vigencia en la "francophonie", Francia obtiene premios Nobel en literatura y en ciencias, el cine pelea contra la inundación hollywoodense y la comida francesa suena a excelencia en cualquier lugar del mundo.

¿Y nosotros? Por separado, se encolumnan noticias del buen desempeño argentino. El brillante compositor y maestro José Luis Castiñeira de Dios ha señalado la vitalidad de la música argentina en todos los géneros y la necesidad de tener una política de promoción de largo aliento. El nuevo director del Teatro Colón, Darío Lopérfido, puntualizó, no bien asumió el cargo, que la vida cultural argentina es un patrimonio que sobrevuela la mediocridad política. Y la ciudad de Buenos Aires ha logrado la distinción de ser la primera en el mundo por sus librerías.

Y ahora entramos en el corazón del año creativo y tendremos, de nuevo, el Bafici, festival de cine independiente que crece vez a vez en obras y público y la Feria del Libro de Buenos Aires, que es la más concurrida de todo el mundo de habla hispana; enseguida ArteBa, y simultáneamente la gran temporada de música clásica, popular y contemporánea que trae a este rincón sureño del planeta a las mejores expresiones del arte mundial. También la miríada de rincones teatrales de Buenos Aires ya se está llenando de voces, colores y emociones porque miles de entusiastas siguen montando obras y obritas para un público seguidor que alienta esa movida a pérdida económica y alegría creadora.

No se puede agotar la lista de todo lo que pasa, ni meter en unas pocas líneas la vibración de escuelas, enfoques, debates, rememoraciones, vanguardias, reverberos y sorpresas de la vida cultural argentina, incluyendo en ella, también en nuestro caso, a la gastronomía, porque en todas las fronteras del país se conoce que los vecinos del otro lado cruzan, siempre que pueden, para sentarse a nuestra mesa.

Pero si levantamos la mirada, se advierte que todos estos buenos logros puntuales y específicos forman un complejo. La sociedad argentina ha construido, con el inestimable amparo de la vida en libertad, un patrimonio cultural sin igual en el continente. Un patrimonio que tiene dos grandes protagonistas: los creadores y el público. Y llamo la atención sobre el papel del público, contraparte indispensable de la construcción. El público no se fabrica, se va gestando de generación en generación a través de la educación hogareña y pública, del gusto y de la comunicación, de la valorización social de ciertas actividades, del prestigio social que se otorga a la cultura y los gustos culturales, de los debates mediáticos y de la crítica profesional. Desde las visitas de las compañías teatrales españolas al Buenos Aires del siglo XVIII y el impulso entusiasta del gran gobernador y virrey Vértiz (1769-84), el movimiento no se detuvo. Más aún, se expandió vigorosamente con los gustos, costumbres e instrumentos que traían nuestros inmigrantes italianos, españoles y centroeuropeos. Hemos hecho una aleación muy afortunada.

De esta combinación de la vida libre, los creadores y el público resulta una nube dorada de la sociedad argentina. No sólo nos sanamos espiritualmente con las artes, sino que nuestros jóvenes tienen por millares la posibilidad de vivir por y para el arte y, cuando no alcanzan la intensidad profesional, son el nuevo público entusiasta y conocedor. Las actividades culturales son una profesión mayor de los argentinos, pero también un espacio personal de hobby, diversión y encuentro.

Este brillo argentino es bien percibido por los visitantes extranjeros. Buenos Aires en primer y merecido lugar, pero también varias de nuestras ciudades medianas, reciben muchos turistas urbanos, atraídos por la arquitectura, las costumbres y las ofertas culturales. Son nuestras ciudades las que reciben la enorme mayoría de los visitantes del exterior y en ellas realizan la abrumadora mayoría de sus gastos.

Todo esto que se puede ver con alguna claridad en el gran campo de las artes tiene un costado más oculto, pero muy rumoroso en la educación. Las universidades -públicas y privadas- las academias y los institutos acogen estudiantes extranjeros por millares tanto para los estudios de grado como los posgrados y también para entrenamiento y formaciones de otro alcance, digamos la gastronomía, el cine, la pintura, las letras y el teatro. Todo este interés de los extranjeros que nos visitan y de los que vienen a formarse conforma un prestigio. Un prestigio diferente. ¿Cómo "la excepción" francesa?

La Argentina de la cultura artística, de la buena calidad de vida, de los premios Nobel en ciencias y las universidades abiertas y gratuitas es una excepción continental. La hemos construido por generaciones saltando sobre las infamias políticas y las mediocridades del poder, con apoyos públicos ocasionales o específicos, pero con muchas ganas de todos y apuntando siempre a vivir en libertad, sin la que todo esto se esfumaría en pocos años, ya lo hemos aprendido.

Pero por su misma gestación turbulenta y dispersa, nuestra riqueza cultural y científica todavía no forma un combo de acción pública y proyección internacional. Todavía no hemos pensado en el rayonnement argentino, y semejante potencial de progreso y prestigio no forma parte de los instrumentos que se debaten en la vida política. Pero su presencia en el día tras día, en el alivio de la vida y la ampliación de horizontes dice que está todo para hacerse. Y es posible.

Es posible si en nuestros centros de decisión y en la cúspide de la dirigencia instalamos la idea de que la excepción argentina es una carta de triunfo, lo que puede distinguir por lo mejor a nuestro país en el concierto regional, y aún más allá, y ocupar el lugar de soft power que nos exima, por lo menos en parte, de la grandeza material. Pocos países tienen esta oportunidad.

Claro, hay que aprender de los exitosos. Francia sostiene su política de rayonnement, gobierno tras gobierno, por lo menos desde el final de la Segunda Guerra. O sea, unos setenta años.