domingo, 29 de marzo de 2015

El papel, contra un mar de páginas digitalizadas / por Marcelo A. Moreno






El filósofo milanés Roberto Casati ha publicado un ensayo con el sugestivo título de “Elogio del papel: contra el colonialismo digital”. En él sostiene que el libro “es un objeto más adaptado a la lectura en inmersión, porque favorece la concentración y el aprendizaje de conceptos complejos.” La lectura en profundidad, ponderara y meditada, según su visión, se relaciona mucho más amistosamente con esos venerables artefactos que unen en sucesión progresiva una serie de planchas delgadísimas, apiladas, apretujadas y repletas de signos que con las pantallas tan atractivas, interactivas y animadísimas que nos propone –e impone– abrumadoramente el mundo de hoy.

Tanto es así, abunda, que el problema no es tanto que los jóvenes hayan abandonado los libros por la tablet o cualquier tipo de pantalla, sino que han dejado más bien la lectura por la fascinación, mucho más antigua, de las imágenes, en este caso digitales. Como si la humanidad empezara a dar, distraída y desatenta, desmesurados pasos hacia atrás.

De allí que para el italiano la cultura tal como ha entendido desde la invención de la escritura cuneiforme, probablemente en Sumeria, y de los jeroglíficos egipcios empiece a perderse de manera definitiva en un mar de páginas digitalizadas, de seducción facilonga, pero con los márgenes llenos de propagandas y propuestas múltiples para jugar y consumir.


Hace poco el celebrado escritor argentino César Aira definió a la escritura manuscrita –esa que se pierde en la Web– como “la base de la civilización occidental.” Es que esa habilidad, que todavía se nos antoja tan primaria, la estamos perdiendo a pasos gigantes, inútil como es en un mundo en que nos manejamos por teclados.

Pero también, y no es poco, hay toda una sensualidad que perdemos si abandonamos el libro por una plataforma, cualquiera sea, de lectura por pantalla. El libro tiene olor, tiene espesor, tiene peso. Lleva casi, como una bendición o un estigma, la marca humana.

Hace unos días me topé con un ejemplar de 1923 del “Cantar de Mío Cid”, prologada y anotada por Menéndez Pidal, que perteneció al abuelo de un amigo mío y que hoy está en manos de su hija, nativa digital de 16 años. El papel –atacado por algún hongo, pero vivo–, de inusitado gramaje para una edición no de lujo, guarda la estructura monocorde, esos versos que convidan al tedio aunque exalten hazañas, en fin, lo mucho de registro y lo poco de vuelo, y hasta de épica, del primer gran poema del idioma.
Pero ese volumen cobija marcas que lo hacen más valioso, desde luego que en un sentido no comercial como es de uso. Alguien subrayó algunas palabras, un verso suelto, con tinta azul, de trazo muy fino, quién sabe cuándo ni por qué. Sin poder determinar cuál son las más antiguas, hay otras marcas, éstas hechas con un lápiz grueso. Si uno jugara a hacer confluir esas máculas, podría intentar una reescritura algo original o ligeramente estrambótica del “Mío Cid”.

Lo que revelan esas marcas es la humanidad que ha atravesado el libro. Esas marcas humanas no aparecen en la frialdad de las pantallas, Encima, nadie puede jurar sobre cuánto tiempo permanecerán esos archivos en la nube de no se qué que la Web ha colocado sobre nuestras cabezas. En cambio, hay miles de libros que aún lloran la pérdida llameante de la biblioteca de Alejandría.