A veces la muerte más horrible
se empeña en parecer poética. Hace unos días un escritor de Sevilla murió
intentando salvar su biblioteca del fuego. Sucedió en el pequeño pueblo de Bormujos,
y el hombre era pintor, poeta, novelista y erudito. Se llamaba Rafael de Cózar,
un filólogo hispánico, estudioso de la vanguardia y amigo personal de Arturo
Pérez-Reverte, quien lo homenajea cómicamente en algunos capítulos del capitán
Alatriste. Dicen que el incendio se debió a un cortocircuito y que el profesor
tomó un extintor e intentó proteger desesperadamente de las llamas a sus 9000
libros. La sorda y rápida batalla sucedió un viernes por la noche, y resultó en
vano: Rafael murió asfixiado y el fuego devoró ese tesoro incalculable. Los
libros, que fueron su vida, arden en el santuario, y el lector impenitente
expira con ellos.
Cierta noche un grupo de periodistas culturales lo invitó a cenar un cocido, y Arturo les llevó de regalo unas cuantas esferas. Ustedes son la orquesta del Titanic, les advirtió en la sobremesa. "En tiempos como los de ahora, cuando los periódicos reducen las páginas de Cultura a la mínima expresión, y además las ocupan en el último diseño del calamar al dátil deconstruido en sake por Ferrán Adriá y a desfiles de la colección de primavera de Danti y Tomanti, la existencia de los que no se resignan y siguen dispuestos a contarle a la gente la historia de los libros que se publican, las exposiciones que se inauguran y la música que es posible escuchar, me parece más necesaria que nunca". Y después agregó: "El mundo para el que muchos de nosotros fuimos educados hace medio siglo ya no existe. Y los suplementos culturales son la música de la orquesta que suena, no para adormecer conciencias, sino como compañía y alivio de muchos. Como último bastión. Como analgésico que no quita la causa irremediable del dolor, pero la alivia".
Unos años atrás visité una escuela carenciada, ubicada en un suburbio peligroso, y la maestra me pidió que les explicara a sus alumnos por qué debían abrazar la lectura. Parecía una tarea sencilla, pero a mí me temblaban las piernas. Dije buenos días y me paré como pude frente a ellos: algunos ya tenían cara patibularia y la mayoría, al borde de la abulia y la marginalidad, parecía desinteresada de todo. Vacilé uno segundos. Les conté que mi vieja también provenía del hambre y que a pesar de su falta de instrucción había tenido un momento de enorme lucidez; hizo algo que muchas madres instruidas y pudientes no son capaces de hacer: me regaló la Colección Robin Hood. Ni ella ni yo sabíamos que con ese gesto me estaba obsequiando un universo; la chance de vivir muchas otras vidas y de no sentir nunca más la soledad.
Los chicos no parecían muy impresionados por esa argumentación. Y entonces me desesperé y les dije (con perdón) lo único que me salió de adentro: "¿Saben qué? Lean para que no los caguen". Fue como si un relámpago los atravesara. Los desconectados hijos de la indiferencia y la pobreza abrieron de pronto los ojos y se conectaron. Che, parece que los libros salvan. Sí, los libros siguen salvando.
Tal vez los defensores de estos pequeños asuntos, en un planeta que se desliza por la agrafía y por la tiranía de lo visual y de lo fácil, seamos criaturas en vías de extinción. Náufragos que juegan cartas con angustiada dignidad mientras suena la orquesta del Titanic. Acaso hombres y mujeres desesperados luchando contra el fuego, munidos del inútil extintor, tratando de salvar vanamente de las llamas lo que más amamos..
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