domingo, 17 de noviembre de 2013

Dos millones y medio de vidas en la villa


Fuera de todo contrato social (para cuya firma nunca fueron consultados), incluidos en los guettos que el Estado ha pergeñado para el residual, colgados en el rincón de la declaración de los derechos humanos que habla de la “vivienda adecuada” -y enumera una serie de eufemismos ilusorios-, dos millones y medio de personas respiran, viven, desviven y mueren en más de 1800 villas y asentamientos urbanos en el país.

Dos millones y medio no figuran en los mapas, no tienen calles con nombres sino números escritos con brea, no los registran los GPS ni los centros de documentación rápida, no tienen luz sino cables colgados, no tienen gas sino garrafas cuando se puede, no tienen colectivos ni cloacas ni aire que entre por las ventanas ni ventanas ni obra social ni dentista que no arranque las muelas ni mamógrafo ni red para no envenenarse con el aire que respiran y el agua que toman.

Son 532.800 familias, según las contó la ONG Techo, en 1834 villas y asentamientos en Buenos Aires ciudad, provincia y los grandes centros urbanos del resto del país. Sólo en el conurbano (donde se apiñan 10 millones y medio de personas) están asentadas 624 villas con 1.200.000 habitantes. Y otras 56 en la capital federal, con 350.000 personas anónimas y hacinadas.

Difícilmente pueda experimentarse una inseguridad más pavorosa que la de no tener vivienda digna o adecuada, según pontifican los derechos humanos de la ONU, postulados que el mundo suele utilizar para envolver las cajas de la ayuda humanitaria que se arrojan desde el aire a Haití o Filipinas. O bien para colgarlos con marco dorado en el IVC porteño, en el Instituto de la Vivienda bonaerense o en el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios de la Nación.

Tres millones y medio de viviendas nuevas serían necesarios para destrabar el hacinamiento en los centros urbanos del país. Y quién sabe cuántos centenares de miles más para reemplazar a las casas inhabitables habitadas, a las que se les vuela el techo con el primer viento, a las inyectadas de humedad, a las puestas en medio de fábricas envenenadoras o a la vera de riachuelos tóxicos.


No sólo es tener un techo y cuatro paredes. Dicen los derechos que escribieron las Naciones Unidas, hechas Estado a partir del mismo contrato social que firman los ricos y poderosos y dejan al arbitrio de su hegemonía a los desgraciados del mundo. Dicen que no sólo es tener un techo. Sino “una seguridad jurídica de la tenencia”. (En las villas y asentamientos hay tenencia de hecho, ocupación de lo que se puede, para arriba o para el costado, sin defensa ante el desalojo o el hostigamiento). “Habitabilidad” (en las villas y asentamientos no hay espacio para toda la familia, los pibes se mudan a la esquina, en el invierno se cuela el frío por todas las hendijas, en el verano el sol hierve, cuando llueve el agua entra hasta las rodillas, cualquier tormenta se lleva el techo). “Disponibilidad de servicios, materiales, facilidades e infraestructura” (en las villas y asentamientos el agua está contaminada, no entran los colectivos ni las ambulancias, los pozos ciegos rebasan, las garrafas escasean y la inseguridad es absoluta: viene del transa, el policía, el chorro o el gendarme).

“Lugar: Una vivienda adecuada (…) no debe construirse en lugares contaminados ni en la proximidad inmediata de fuentes de contaminación” (las villas 21 y 24 sobreviven al borde del Riachuelo y gran parte de sus habitantes están envenenados con zinc, cromo, mercurio y plomo; algunas familias relocalizadas irán a vivir en departamentos a 36 metros del Riachuelo; Villa Inflamable sufre diariamente la agresión del Polo Petroquímico y sus chicos tienen plomo en sangre y respiran 17 metales pesados y gases; La Carcova está rodeada por las toneladas de basura del Ceamse, donde se vive, se come y se muere. Etcétera).

Más allá de la refutación del papiro declarativo ante el que el mundo desarrollado y civilizado se hinca, el desesperante déficit de viviendas crea una zona especulativa marginal que cobra 1500 pesos una habitación ciega en la 21-24 o una pieza en un conventillo de La Boca. O termina incendiando intencionalmente el conventillo para devastar un terreno con buena cotización inmobiliaria.



La villa y el asentamiento es una masa humana anónima, emplazada fuera del mundo que se planifica. Rodeada de gendarmes para que nadie salga. El estudio de la Fundación Techo determina que una de las carencias más graves es “la escasa accesibilidad de los vecinos a los servicios básicos”. Un 56 % habló del tema. Un 35% cree que lo peor es la inseguridad. Un 33 % se queja de la falta de pavimentación y alumbrado público. El 64% de los asentamientos se inunda cuando llueve, la mayoría tienen cerca un río, en uno de cada tres barriadas hubo un incendio por lo menos en los últimos seis meses. En muchos casos los bomberos no entran a apagar el fuego.

Dos millones y medio de personas viven, desviven y mueren en lunares sociales, en isletas arrancadas del cuerpo del Estado. Mientras el problema de la vivienda se agravó en la última década, el gobierno porteño va disminuyendo nominal y gradualmente el presupuesto del IVC. Para 2014 se prevé un 19% menos. Si se cuentan las subejecuciones, a las viviendas sociales se les asignan migajas. La Nación, por su parte, suele generar planes estratégicamente colocados en años electorales, con cumplimientos atados a la pertenencia de los poderes territoriales y/o a lo que surja de las urnas.

Medio millón de familias de todo el país vive un presente en desasosiego y el futuro no va más allá del despertar de mañana. La degradación en las condiciones de vida deshumaniza y pone en riesgo el suelo que se pisa. La favelización, el crimen organizado que encuentra el anonimato donde enquistarse y el tránsito de la droga como una herramienta de exterminio torna inseguro el abordaje de cada día. Y los chicos (esa hierba entre el escombro, esa esperanza terca que no se resigna) quedan en medio de las guerras ajenas. A muchos los matan las balas perdidas, el hambre, el paco, el abandono. Pero hay otros que se aferran, pertinaces, al amanecer. Aunque apenas sea una luciérnaga.

Fuentes: Informe Fundación Techo. Defensoría del Pueblo porteña. Centro de Investigación y Gestión de la Economía Solidaria. Diario La Nación. Diario Página 12.
Por: Silvana Melo (APE)