lunes, 15 de agosto de 2011

Nueva historia universal de la destrucción de libros

Fue hace un rato. Pudiera parecer que atrocidades de tal calibre fueran
cuestiones de un pasado remotísimo; definitivamente superado. Hechos que una
avergonzada historia se había encargado de enterrar para siempre. Pero no.
Desgraciada; lamentablemente, no. Hace un rato, el 12 de abril del año 2003
se produjo el saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad. En medio del caos y
la rapiña se esfumaron más de 14.000 objetos y tratados, muchos de
importancia capital.
Dos días después, el incendio de la milenaria Biblioteca Nacional de la
capital de Irak destruyó un millón de libros y, en las cenizas de su Archivo
sucumbieron más de 10 -¡diez!- millones de documentos en los que aquella
coletilla de "incalculable valor" es, era, una verdad irrefutable.
No fue todo. En días sucesivos ardió también la parte central de la
biblioteca de la Universidad de Bagdad, la de Awqaf y, a través de
bombardeos y saqueos minuciosamente planificados, casi una veintena de
bibliotecas universitarias de todo el país. Con aquellos humos, en aquellas
pavesas se perdió una parte sustancial de nuestra historia; del relato que a
lo largo de los siglos registraba aspectos esenciales del paso del hombre
sobre la tierra.
*¡Qué pérdidas!*

¡Qué pérdidas terribles! Con la muerte de cada libro se pierde una parte de
lo que somos. Jorge Luis Borges lo dijo: "De los diversos instrumentos del
hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones
de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el
teléfono es extensión de su voz; luego tenemos el arado y la espada,
extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una
extensión de la memoria y de la imaginación".
Como apunta *Fernando Báez e*n su documentada e interesantísima *N**ueva
historia universal de la destrucción de libros*, el libro es el que le da
volumen a la memoria humana. Es una institución de la memoria para la
consagración y permanencia, y por eso debe ser estudiado como pieza clave
del patrimonio cultural de una sociedad. Debe entenderse que el patrimonio
cultural existe en la medida en que lo cultural constituye el testimonio más
representativo de cada pueblo… Una biblioteca, un archivo o un museo son
patrimonios culturales y cada pueblo los asume como templos de la memoria.
Por estas reflexiones y por otro conjunto de razones que constituyen la
tesis central de su *Nueva historia universal de la destrucción de libros*,
concluye: "Creo que el libro no es destruido como objeto físico sino como
vínculo de la memoria, esto es, como uno de los ejes de la identidad de un
hombre o de una comunidad".
Báez, venezolano de San Félix de Guayana y reconocido experto en el área de
la historia de las bibliotecas, habla desde una bien sana pasión nacida en
la infancia, cuando "supe que debía leer porque no podía no leer. Leía
porque cada buena lectura me daba motivos más fuertes para continuar
haciéndolo. Me interesaban demasiado los libros porque eran mis únicos
amigos. No sé si entonces era feliz; al menos sé que cuando hojeaba tan
entrañables páginas olvidaba el hambre y la miseria, lo que me salvó del
resentimiento o del miedo. Mientras aprendía a leer desestimaba la soledad
tremenda en que me encontraba hora tras hora porque sí y para nada".
*Itinerario de la aniquilación*
Esa apasionada entrega y su papel como miembro de distintas comisiones
internacionales encargadas de evaluar el fatídico peso de las destrucciones
culturales consecuentes a conflictos y saqueos, fue gestando su minucioso
recorrido por la historia de la aniquilación de los libros víctimas de la
voracidad de los insectos, las inundaciones, las llamas, las guerras y,
sobre todo, la dogmática obsesión de los censores y de los fanáticos
políticos y religiosos.
Fernando Báez nos instala en un viaje por la desolación cuyo itinerario
recorre épocas y lugares muy diversos. Asistimos como lectores a la
desaparición de las tablillas sumerias, a la destrucción de la legendaria
Biblioteca de Alejandría, los papiros quemados de Herculano, la pérdida de
los grandes tratados clásicos griegos, los repugnantes desmanes de los
inquisidores, el incendio de la biblioteca de El Escorial, el destino ignoto
de valiosas colecciones en el curso de la Guerra Civil Española, la quema de
libros por los nazis, la censura por motivos sexuales o de creencias de
miles de autores a lo largo de la historia (ahí están, como tristes
ejemplos, Lawrence, Joyce o Rushdie), o la tragedia de las Torres Gemelas.
El World Trade Center neoyorquino contaba con enormes bases de archivos y
bibliotecas de gran interés en el campo de la economía. Algunas fotos
muestran que las escaleras del vestíbulo del conjunto de edificios
destruidos quedaron inundadas de libros y papeles arrasados. Además, se
perdieron obras invalorables de Miró, Nagare, Nevelson y Calder. El
Citigroup, con oficinas en las Torres, perdió 1.113 obras de arte.
*En este repaso tremendo y deprimente, pero necesario, llegamos hasta la
vergüenza de Irak*, en dónde, relata de primera mano el autor como testigo
presencial, además de los bombardeos e incendios, las bandas armadas
destruían, rompían murales y robaban piezas arqueológicas y tratados que
fueron llevados hasta Kuwait y Damasco y de allí transportados a Roma,
Berlín, Nueva York y Londres, *donde los coleccionistas privados pagaban lo
que se les pedía.*
¿Por qué este memoricidio en el lugar en donde nació el libro?, se pregunta
un apesadumbrado Fernando Báez que nos deja entre las manos la larga
historia de una tragedia, la de la destrucción, que en su opinión, está
lejos de concluir porque, argumenta, "teóricamente un *e-book es *ilimitado,
pero hay que pensar que por primera vez existirán más libros virtuales que
reales en condiciones de riesgo inusual ante fallos de energía,
interferencias electrónicas, procesadores experimentales y ciberguerras".
*Nueva historia de la destrucción de libros / Fernando Báez *