viernes, 21 de mayo de 2010

El espíritu de mayo de 1810 / José Maria Rosa

La independencia latía en el espíritu de la Revolución de 1810. Este era el espíritu de Mayo para los gauchos y orilleros que formaban las milicias e hicieron posible la deposición del virrey, y de ninguna manera ese afrancesamiento en el espíritu y las instituciones que se pretendió después. Esa independencia que podía entender un miliciano de Patricios no era tan perceptible a los doctores que peroraron en el congreso vecinal del 22 de mayo y consiguieron introducirse en la junta de gobierno. Había razones poderosas para que la descartaran.
Voy a ilustrar ese desencuentro entre la milicia y los doctores en los años iniciales de la Revolución con una anécdota, conocida por todos, pero entendida al revés por casi todos.
El brindis famoso
Noche del 5 de diciembre de 1810. En el cuartel de las Temporalidades – Perú entre Alsina y Moreno, donde hoy está la Facultad de Ciencias Exactas (nota: hoy manzana de las luces) –, el regimiento de Patricios ofrece un sarao por la victoria de Suipacha. En el sitio de honor está el jefe del cuerpo, a su vez presidente de la Junta de Gobierno. En un momento, el capitán retirado de húsares Atanasio Duarte, veterano de cuarenta años de guerras, ofrece un postre a doña Saturnina Otárola, esposa del presidente, en el cual la fantasía del repostero había dibujado un cetro y una corona: "La América espera quo VV. EE. Empuñen el cetro y ciñan la corona". No dicen las crónicas qué ocurrió a continuación, pero supongo un aplauso de los concurrentes y un asentimiento halagado de Saavedra. Este dice en sus Memorias que no dio importancia a esa bobada, pero la trascendencia del brindis debió ser mucha porque alguien corrió a informarle al secretario de Gobierno y Guerra – el doctor Mariano Moreno –, que de inmediato tomó medidas contra Duarte, contra Saavedra y contra las señoras que recibían agasajos por la posición política de maridos.
La condena de Duarte fue tremenda. El gobierno entendió que debía perecer en el cadalso por esas palabras, pero como debió pronunciarlas mareado por el carlón le perdonó la vida, conmutándole la pena por destierro perpetuo de la ciudad, porque un habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener impresiones contra la libertad de su país. El veterano se aguantó el castigo en silencio y, que se sepa, nunca pudo volver a su querido Buenos Aires: transcurrió sus últimos años en el exilio, donde algún historiador ha rastreado sus continuas reyertas con los gallegos dependientes de tabernas, sus acérrimos enemigos por españoles y tal vez por no fiarle las copas.
¿Cuál fue el crimen del capitán retirado Duarte, que a juicio de un hombre de leyes como Mariano Moreno mereciera la pena del cadalso? Se repite en los textos escolares (que también sirven para aprender historia en las academias) que era proclamar la monarquía, pero la conjetura debe rechazarse: ni aun para un revolucionario de la índole de Moreno un delito de opinión pudo reprimirse con la muerte en un cadalso. Pero, además, Duarte no había postulado un cambio de la forma de gobierno existente: en diciembre de 1810 se vivía bajo el régimen monárquico, el retrato de Fernando VII debió encontrarse, como era de rigor, colgado en lugar visible durante el sarao, y el mismo decreto que castigaba al capitán era un decreto monárquico encabezado con la fórmula corriente: La Junta Soberana a nombre del Señor Don Fernando VII.
Al veterano no se lo penaba, pues, por proclamar la monarquía en un medio republicano. Sin embargo, había cometido un delito gravísimo y nadie, ni siquiera Saavedra, se atrevió a defenderlo. Un delito castigado en la legislación española, precisamente, con los términos usados por Moreno en su decreto: perecer en un cadalso. El secretario de Guerra no quiso disimular el hecho ni omitir el castigo, seguramente porque el brindis encontró eco entre los asistentes de las Temporalidades y era conveniente un escarmiento ejemplar para que no se repitieran cosas semejantes. El delito de Duarte era de lesa majestad contra los derechos de Fernando VII, a quien quitaba el cetro y la corona ofertándolos a Saavedra. Sus palabras imprudentes revelaban impresiones contra la libertad de su país porque el país entero (en 1810 el país era aún España) sostenía y luchaba por los derechos del rey Fernando. El crimen de Duarte, esa noche del 5 de diciembre, había sido proclamar en voz alta la independencia de América.
El veto británico
El capitán, eufórico por el vino de las Temporalidades, había dicho algo que estaba en el sentimiento de todos, del secretario de Guerra y Gobierno inclusive; pero no podía expresarse en voz alta sin perjuicio del gobierno.
Porque la independencia había sido vetada por lord Strangford, embajador formal de Inglaterra en la corte de Río de Janeiro y encargado de mantener contacto con los revolucionarios americanos. Strangford había sido terminante en sus notas: el 16 de junio, acusando recibo de la instalación de la Junta el 25 de mayo, felicitaba a sus integrantes por los sentimientos de lealtad y amor a su Soberano que manifiestan, asegurándoles que contarían con el apoyo posible… siempre que la conducta de esa Capital sea consecuente y se conserve a nombre del Sr. Dn. Fernando VII y de sus legítimos sucesores; el 28 de setiembre el embajador informaba a lord Wellesley, canciller británico: se ha conseguido sugerir a aquella Junta (la de Buenos Aires) una clara idea de la marcha que deben seguir con respecto a Inglaterra, que consistía en dar más facilidades al comercio en el puerto y no hacer una prematura declaración de independencia.
¿Por qué ese veto británico a la declaración de la independencia? La correspondencia de Strangford con Wellesley, y más tarde con su sucesor en el Foreign Office, lord Castlereagh, es suficientemente explícita. Inglaterra buscaba, por el momento, la libre introducción de sus mercaderías manufacturadas en los puertos de Hispanoamérica, tráfico vital para sus productos hechos a máquina por el bloqueo continental de Napoleón no dejaba entrar en el continente europeo. Había conseguido de la Junta de Sevilla, en enero de 1809, los adicionales al tratado Apodaca-Canning (de alianza anglo-española contra Napoleón, donde España, a cambio del ejército de Wellington y la escuadra que protegía a Cádiz, abría América a la introducción de maquino facturas inglesas. Aunque ese libre comercio significase la muerte de la industria artesanal criolla, que no podría competir contra los hilados, tejidos y zapatos a máquina de Manchester o Birmingham. En una palabra: España entregó en 1809 la dependencia económica de América a cambio de la independencia política de la metrópoli.
Para cumplir lo dispuesto llegó en julio de 1809 a Buenos Aires el virrey Cisneros, y abrió el puerto de Buenos Aires a los productos ingleses el 6 de noviembre. Pero Cisneros no quiso dar una franca entrada a los ingleses (como lo había pedido Mariano Moreno, abogado de los comerciantes británicos, en su conocida Representación) y se limitó a entornar simplemente la puerta del monopolio. Hasta se atrevió a expulsar en diciembre a los ingleses entrados sin permiso y que, aprovechando la situación, manejaban bajo cuerda la plaza mercantil: les dio plazo hasta mayo de 1810 para irse con todas sus pertenencias. Pero en mayo de 1810 quien debió irse fue Cisneros, y los ingleses se quedaron para siempre.
La Junta de Mayo, donde habían conseguido introducirse algunos buenos amigos de los ingleses, abrió con más amplitud el puerto a las mercaderías británicas. A eso debería limitarse la Revolución para lord Strangford: libre comercio en lo económico acompañado de un estatuto constitucional que diese garantías y derechos a los comerciantes extranjeros.
Todo bajo la soberanía de Fernando VII. Nada de guerra por la independencia, que enfrentaría a criollos y españoles. Los españoles estaban cumpliendo admirablemente, en 1810, su misión de combatir a los franceses (enemigos de Inglaterra) y no podían ser distraídos. Inglaterra combatiría a Napoleón hasta el último español, porque el ejército de Wellington no salía de su inexpugnable acantonamiento de Torres Vedras. El peso de la lucha estaba en el Empecinado y en los esforzados combatientes que mantenían al Rey Deseado.
De allí que Strangford, al tiempo de aplaudir la sustitución en Buenos Aires del difícil Cisneros por la complaciente Junta, formulaba el plan de la Revolución: nada de expediciones militares más allá del virreinato, nada de molestar a los españoles en la Banda Oriental; los insurrectos debían limitarse a elegir diputados a las cortes a reunirse en Cádiz, donde se establecerían definitivamente, bajo inspección británica, el régimen político de América y las garantías que permitieran ampliar el comercio. Sólo se les permitiría a los insurrectos dictar más normas de libre comercio para su beneficio. Esa fue la mediación que Strangford entregó al delegado de la Junta, Manuel de Sarratea, el 20 de abril de 1811.
La chusma de medio pelo
Cuando Strangford daba la mediación en Río de Janeiro, las cosas habían cambiado fundamentalmente en Buenos Aires. Moreno, desprestigiado, como lo dice en su renuncia, por el decreto de castigo a Duarte y supresión de honores a Saavedra, se había embarcado para Inglaterra en enero de 1811 y moría en alta mar dos meses después. Y la noche del 5 y ó de abril una marcha de los orilleros sobre el centro de Buenos Aires, con inmediato apoyo de los regimientos de Patricios y Húsares (que anularon al morenista cuerpo de la Estrella), había cambiado fundamentalmente el gobierno. Por primera vez – debe reconocerse – la Revolución tomó un tono nacional. Las especulaciones roussonianas de los doctores fueron dejadas de lado y se habló un lenguaje independiente.
Joaquín Campana (la figura sin gloria del populacho de las quintas lo llaman los historiadores clásicos) debió contestar como secretario de la Junta la mediación de Strangford, Lo hizo el 18 de mayo en un documento admirable, cuyo conocimiento ha sido escamoteado en la historia oficial. Estas provincias – dice su digna y altiva respuesta – exigen manejarse por sí mismas y sin riesgo de aventurar sus caudales a la rapacidad de manos infieles… Para que el gobierno inglés pudiese hacer los efectos de un mediador imparcial es preciso que reconociese la independencia recíproca de América y de la Península, pues ni la Península tiene el derecho al gobierno de América ni América al de la Península.
Este documento (el primero donde oficialmente se habla de independencia) produjo la comprensible indignación de lord Strangford. Mandó inmediatamente a Sarratea a Buenos Aires; se anudaron diversos hilos; se habló de la chusma de medio pelo (porque los orilleros usaban trencilla) que había usurpado el gobierno; se consiguió que Saavedra saliese de Buenos Aires, acuartelándose en seguida al regimiento de Patricios con pretexto de un desembarco español; se cambiaron con agilidad los destinos de los cuerpos; finalmente ocurrió la Revolución de Setiembre: los jóvenes de la morenista Sociedad Patriótica aprovecharon la ausencia de los Patricios y la lejanía de los orilleros para provocar tumultos en la plaza de la Victoria. Hubo peticiones, algaradas, discursos de las señoras decentes en la plaza – como cuenta el Diario de J. J. Echavarría – contra la chusma que quería seguir la guerra y exponerlas a bombardeos de los buques españoles. Finalmente, la noche del 17, Campana fue secuestrado y aprisionado en el fortín de Areco, y después de algunos forcejeos los doctores (y algunos militares) impusieron el Primer Triunvirato formado por tres porteños, entre ellos Sarratea. Que, con las debidas precauciones para evitar estallidos populares, se puso a la obra señalada por Strangford.
Campana, como el viejo Duarte, no pudo volver más a Buenos Aires. Vivió en Areco, y después en Chascomús, hasta 1820, pues tenía prohibida la entrada a la ciudad; después consiguió irse a Montevideo.
La desobediencia de Belgrano
La mediación de Strangford no pudo cumplirse, pero por motivos ajenos a los gobernantes de Buenos Aires. El 5 de julio de 1811 el Congreso General de Caracas eludía la vigilancia británica y declaraba solemnemente la independencia de los Estados Unidos de Venezuela. La repercusión fue inmensa en toda la América española.
En Buenos Aires los jóvenes de la Sociedad Patriótica se entusiasmaron, en un vuelco muy juvenil, con el gesto de los venezolanos. No había peligro de irrupciones orilleras porque los despiadados prebostes del Triunvirato impusieron el terror en los barrios y pagos suburbanos; por lo tanto, podían entregarse a recitados aconsejando al gobierno imitase el gesto de los caraqueños.
El Triunvirato, cuya figura de gravitación era Bernardino Rivadavia, no podía declarar la independencia porque Strangford, desde Río de Janeiro, había vuelto a vetarla. El 18 de julio, Castlereagh ordenaba a Strangford hiciese saber a Buenos Aires que sólo mediante el reconocimiento de su legítimo soberano Fernando VII y contribuyendo bajo los auspicios de su nombre a los esfuerzos que se están haciendo en Europa para conservar La integridad de la monarquía española tendrían el apoyo de Gran Bretaña, y una independencia nomínal obligaría a dejarlos expuestos a un atropello de Artigas (ya se había producido el Éxodo Oriental) o a una resurrección de las orillas tras otro caudillo.
Para contener el entusiasmo juvenil y los deseos del ejército a favor de la independencia – expresados por Belgrano, jefe de las baterías de Rosario –, el Triunvirato estableció la escarapela el 18 de febrero como distintivo nacional. Belgrano tomó en serio lo de nacional, y el 27 de febrero izó en una batería de Rosario – que llamó Independencia – una gran escarapela a modo de bandera distintiva de una nación. Como ignoraba los pormenores de la política extranjera del gobierno, quería ingenuamente – como dice – excitar a otras declaraciones del gobierno que confirmen nuestra resolución de sostener la independencia de América.
El Triunvirato disolvió la Sociedad Patriótica acabando con los imprudentes recitados; y ordenó a Belgrano bajase la bandera levantada por un rapto de entusiasmo, sustituyéndola por la roja y gualda. Belgrano no se enteró de esta orden, porque había ido a ponerse al frente del diezmado ejército del Perú que debería retrogradar hasta Córdoba, y tal vez más allá. Como creía seriamente que el Triunvirato se proponía declarar la independencia, levantó en Jujuy la bandera celeste y blanca al festejar el 25 de mayo de 1812 y la hizo jurar con solemnidad. Alegre informó al Triunvirato las aclamaciones del pueblo ante la señal que ya nos distingue de las demás naciones Pero el Triunvirato, por pluma de Rivadavia, le ordenó la reparación de tamaño desorden; Belgrano, dolido, expresó que la bandera de Jujuy, como la de Rosario, las había izado para exigir de V. E. la declaración respectiva… que estas Provincias se cuenten como una de las naciones del globo; pero como no era el propósito.del gobierno la desharé (la bandera) para que no haya ni memoria de ella… si acaso me preguntan, diré que se reserva para el día de una gran victoria… y como ésta está muy lejos, todos la habrán olvidado.
Quiso cumplir con el gobierno y ordenó la retirada del ejército al sur. No pudo hacerlo mucho tiempo: no consiguió resistirse a los tucumanos que le pidieron defendiera su ciudad, y el 24 de setiembre salvó a la Patria en la batalla de Tucumán.
La salvó no solamente porque el ejército español fue derrotado, sino – y principalmente – porque al llegar la noticia a Buenos Aires el pueblo se lanzó a la calle clamando contra el Triunvirato. Entonces los granaderos montados de San Martín, los artilleros de Pinto y los arribeños de Ocampo hicieron saber al gobierno que había cesado, y se convocaría una asamblea para votar la figura con que deben aparecer las Provincias Unidas en el gran teatro de las naciones. Ese fue el propósito de la revolución del 8 de octubre de 1812 y de la asamblea convocada para enero del 13.
No se declara la independencia
La revolución del 8 de octubre alarmó a Strangford. Passo, presidente del Triunvirato, le había hecho saber el 13 de noviembre que la independencia de estas Provincias no será nominal. El lord hizo seguir la nota a Castlereagh, indicio – le dice – de una confesada determinación de declararse independientes de su vínculo europeo… especie de desesperación que se ha apoderado de quienes tienen la autoridad suprema… ahora están ocupados en discutir si conviene o no declarar la independencia antes o después de la Asamblea General.
Strangford tenía muchos recursos en sus manos, que conducía hábilmente su agente, el capitán Heywood. Uno de esos recursos era la logia Lautaro. Aunque la logia había hecho la revolución del 8 de octubre para declarar la independencia, las fuerzas tenebrosas que la manejaban podían hacerla variar.
Así ocurrió. Ni la Asamblea General fue un cuerpo nacional, ni declaró la independencia. Paliativos para contentar el anhelo del pueblo dio muchos: el escudo, el himno, festejos el 25 de Mayo. Pero el escudo no era nacional, sino el sello de la Asamblea, el himno una canción, el 25 de Mayo un día cívico. Todo, menos la declaración lisa y llana: Independencia de Fernando VII, sus sucesores y metrópoli.
A Passo lo sacaron del gobierno por sus imprudentes palabras. San Martín, líder del independentismo dentro de la logia, se encontró en minoría y acabó por renunciar a la política y consagrarse a su carrera militar; Belgrano, otro independentista, fue mandado a Europa en una oscura misión a prosternarse a las plantas del Sr. Dn. Fernando VII; y Artigas vio rechazados los diputados de la Banda Oriental que llevaban como primera instrucción la independencia absoluta del Río de la Plata,
Sucedieron cosas feas. En enero de 1815, Manuel José García era mandado a Río de Janeiro a implorar a Strangford el coloniaje británico (el coloniaje, y no como dice benévolamente Mitre, el protectorado), porque los doctores de la Asamblea se encontraban impotentes ante el pueblo levantado tras sus caudillos, Artigas, Güemes, que reclamaba la independencia.
Soplar y hacer botellas
Strangford desdeñó el coloniaje, que no entraba en los propósitos inmediatos de Inglaterra En abril de 1815 cayó la Asamblea y por primera vez fue alzada en el Fuerte la bandera celeste y blanca. Sin embargo, no se habló de independencia entre los doctores que formaron la Junta de Observación y reglamentaron las funciones de gobierno; tampoco se invitó al Congreso de Tucumán para una declaración independentista.
Esta surgió, como es sabido, por voluntad del ejército y del pueblo ejercida por tres personas: San Martín, Belgrano y Güemes. Contra unos doctores llenos de temores, para quienes declarar la independencia no era soplar y hacer botellas. Ya que arrancada la declaración del 9 de Julio anduvieron en malos pasos buscando un protectorado extranjero. Pero eso es otra historia. Como también es otra la historia de la soberanía, porque no bastaba con una apariencia para que existiese la libertad. Era necesario hacerse respetar y tratar de igual a igual por todos los poderes de la tierra. Eso vendría después, pese a muchos doctores y algunos militares que se hacían un lío con cosas sencillas para el pueblo y la generalidad de la milicia.
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