Cuando la información empezó a desbordarlo todo
En las primeras décadas del siglo XX, las bibliotecas empezaron a experimentar una presión inédita: la producción de conocimiento científico crecía a un ritmo que las prácticas tradicionales de catalogación, registro y recuperación no podían sostener. Los procesos manuales, que habían sido suficientes durante siglos, empezaron a ser insuficientes frente a la avalancha de libros, artículos, informes, patentes y documentos técnicos. Las bibliotecas estaban en un punto crítico: conservar la eficiencia significaba reinventarse.
Intelectuales como L. T. Hobhouse (1864–1929) declaraban que la humanidad estaba a punto de “ahogarse en su propio océano de información”, una frase que se sentía con fuerza en un mundo donde cada disciplina multiplicaba sus publicaciones. Este clima de urgencia abrió las puertas a soluciones que, hasta entonces, parecían ajenas a las bibliotecas: la inclusión de máquinas, sistemas mecánicos, dispositivos ópticos, tarjetas perforadas y microfilms. En un contexto donde la mecanización de oficinas, bancos y gobiernos avanzaba con rapidez, las bibliotecas se convirtieron en el siguiente laboratorio de transformación tecnológica.
La mecanización bibliotecaria —un capítulo poco conocido, pero sumamente revelador— fue el puente entre la tradición documental del siglo XIX y la cultura digital que hoy nos es cotidiana. En estas décadas se sembraron conceptos como “procesamiento de datos”, “catálogos automatizados” y “recuperación de información”, que luego darían paso a los sistemas integrados, los OPAC y las bases de datos en línea. Recordemos esta interesante historia, anterior a la automatización de las bibliotecas.
Herman Hollerith y la tarjeta perforada: el comienzo del procesamiento bibliográfico
El verdadero punto de quiebre ocurrió gracias a Herman Hollerith (1860–1929), un ingeniero que observó en un tren la forma en que los revisores marcaban los boletos para identificar características de los pasajeros. Ese pequeño gesto cotidiano inspiró la creación de un sistema de almacenamiento y procesamiento de datos mediante tarjetas perforadas. En 1890, su máquina fue implementada por la Oficina del Censo de Estados Unidos y logró procesar los datos en tiempo récord, pasando de ocho años (en el censo de 1880) a solo uno.
Este éxito convirtió a la tarjeta perforada en el primer gran estándar de procesamiento mecánico de información. La idea era simple: cada perforación representaba una variable; miles de tarjetas podían manipularse a través de máquinas clasificadoras, contadoras o tabuladoras. La producción masiva de datos —incluyendo datos bibliográficos— se volvió manejable con la incursión de tecnologías de la información.
En este contexto, las bibliotecas reconocieron el potencial de estas tecnologías. El uso bibliotecario de las tarjetas perforadas comenzó de forma experimental, pero rápida. En 1934, la Biblioteca Pública de Boston las adoptó como el sistema para gestionar su inventario y circulación. Pronto la siguieron las bibliotecas de las universidades de Harvard, Texas y Minnesota, que encontraron en esta tecnología una forma sistemática de registrar préstamos, movimientos de materiales, estadísticas y adquisiciones.
Las tarjetas permitieron automatizar operaciones que consumían tiempo valioso del personal bibliotecario. Tareas como contar préstamos, reorganizar listas de revistas o generar informes anuales se volvieron casi instantáneas con la ayuda de las máquinas. Esta mecanización liberó a los profesionales para labores intelectuales: referencia, orientación al lector, selección de materiales, catalogación avanzada.
En el Reino Unido, bibliotecarios innovadores como T. E. Callander probaron sistemas similares en bibliotecas públicas, especialmente en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Muchos de estos experimentos estuvieron asociados al auge de la Ciencia de la información a mediados del siglo XX, disciplina que integraba documentación, mecanización y gestión del conocimiento.
Aunque hubo algo de resistencia —algunos consideraban estas máquinas demasiado “burocráticas”—, también aumentó la conciencia de que las bibliotecas del futuro necesitarían herramientas mecánicas para seguir cumpliendo su función social.
El Microfilm: la revolución silenciosa que prometió una biblioteca sin límites
Mientras las tarjetas perforadas mecanizaban procesos, el microfilm ofrecía algo aún más ambicioso: la posibilidad de multiplicar, preservar y transportar colecciones enteras en un formato compacto. Aunque su origen se remonta al siglo XIX, fue en la década de 1920 cuando la microfilmación comenzó a transformarse en una herramienta documental decisiva.
Las máquinas Recordak, de Kodak, introducidas en 1928, permitieron fotografiar miles de páginas con una rapidez nunca vista. Las bibliotecas comenzaron a microfilmar periódicos, documentos valiosos y colecciones especiales para evitar su deterioro. Para muchos, era como “encapsular la memoria” en una película.
Watson Davis (1896–1967), fundador del American Documentation Institute, imaginó un mundo donde los documentos científicos circularían globalmente en forma de microfilms. Para lograrlo, propuso una red internacional —una especie de proto-internet documental— que permitiría a científicos y bibliotecarios acceder a investigaciones sin depender de la distancia física.
Durante la Segunda Guerra Mundial, esta visión adquirió un nuevo sentido: instituciones como el Aslib microfilmaron revistas científicas europeas para evitar interrupciones en el flujo de conocimiento. El microfilm, además de ahorrar espacio, se convirtió en un arma intelectual frente a la devastación bélica. En la actualidad se sigue utilizando, aunque ya hayan incursionado otro tipo de tecnologías, incluso las digitales, en las bibliotecas.
Vannevar Bush y el Rapid Selector: el sueño precursor del hipertexto
Entre los visionarios que marcaron esta etapa destaca Vannevar Bush (1890–1974), ingeniero, científico y asesor del gobierno estadounidense. Bush desarrolló el Rapid Selector, una máquina que buscaba combinar tarjetas perforadas y microfilm mediante células fotoeléctricas. Su meta era crear un dispositivo capaz de recuperar información de manera semiautomática, encontrando patrones y relaciones entre documentos.
Aunque la máquina resultó demasiado compleja para su época, su importancia radica en sus ideas. En 1945, Bush publicó también el ensayo “As We May Think”, donde imaginó el Memex, un escritorio mecánico-electrónico capaz de almacenar millones de documentos microfilmados y organizarlos mediante “rutas de asociación”. Era, en esencia, un antecedente conceptual del hipertexto, los enlaces web y la navegación digital.
Bush no solo anticipó la informática documental: articuló filosóficamente la necesidad de herramientas que permitieran al ser humano gestionar el conocimiento creciente.
El legado de estas tecnologías en preparación del camino hacia la era digital.La mecanización previa al computador no fue un episodio aislado. Entre tarjetas, microfilms y máquinas clasificadoras, las bibliotecas aprendieron por primera vez a:
Pensar en términos de datos y procesos;Sistematizar flujos documentales;
Separar el “contenido” del “soporte”;
Imaginar el conocimiento como algo que podía procesarse, recuperarse y reorganizarse.
Cuando los computadores aparecieron en los años cincuenta y sesenta, las bibliotecas ya tenían décadas de experiencia en mecanización. Los modelos conceptuales ya existían; solo faltaba el poder computacional.
Las tarjetas perforadas dieron paso a los registros electrónicos.
El microfilm inspiró la digitalización y los repositorios digitales.
El Memex inspiró la web, el hipertexto y la arquitectura de la información.
No obstante, la mecanización no sustituyó la esencia del oficio bibliotecario; la amplificó. Permitió a los profesionales liberarse de tareas repetitivas y centrar su energía en la mediación cultural, la alfabetización informacional y la organización intelectual del conocimiento.
Hoy, en plena era digital, las tarjetas perforadas y el microfilm pueden parecernos arcaicos, pero representan un capítulo crucial de la historia de la información: fueron las primeras herramientas que intentaron responder a la pregunta que aún nos acompaña: ¿cómo gestionar un mundo donde la información no deja de crecer?
Definitivaemnte, sin la mecanización del siglo XX, las bibliotecas digitales actuales serían impensables.
Fuentes consultadas
Black, A. (2007). Mechanization in libraries and information retrieval: Punched cards and microfilm before the widespread adoption of computer technology in libraries. Library History, 23(4), 291–299.
Buckland, M. (1996). Documentation, information science, and library science in the USA. Information Processing & Management, 32(1), 63–76*.
Rayward, W. B. (1975). The universe of information: The work of Paul Otlet for documentation and international organisation. Moscow: All-Union Institute for Scientific and Technological Information.
Nyce, J. M., & Kahn, P. (1991). From Memex to hypertext: Vannevar Bush and the mind’s machine. Boston: Academic Press.
Day, R. (2014). The modern invention of information: Discourse, history, and power. Southern Review, 47(2), 18–34.
***Wilmer Arturo Moyano Grimaldo

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