domingo, 11 de diciembre de 2016

Ni en un millón de pendrives


Sabemos que un libro sirve para leer. ¿Pero para qué sirven cientos o miles de libros?

No sé si hay una respuesta. O una constelación de respuestas. Así que no pretendo demostrar nada con los siguientes párrafos. Son más bien como pensar en voz alta. Toda la reflexión se inició el año pasado mientras miraba una pila de cajas de cartón. Una enorme pila de cajas de cartón. En cada una estaba garrapateada con marcador la palabra "LIBROS". En total, había más cajas de esas que de todos los otros rubros sumados.
Me estaba mudando, y mientras observaba la desmesurada acumulación de cajas, mientras vigilaba que las de libros no sufriera ningún maltrato, hice un cálculo rápido que me dejó pasmado. Mis libros, mi biblioteca entera, podía guardarse en un pendrive.
Diré mejor. El texto de todas esas obras podía guardarse en un pendrive. Así que, ¿valía la pena tanto esfuerzo? Es cierto, había allí libros que he leído 10 veces y que volvería a leer otras tantas (Pedro Páramo, La Boca del Caballo, El Quijote, El Proceso), pero había también cientos que sólo leí una vez. Muchos son volúmenes de consulta. Enciclopedias, diccionarios, ensayos, bibliografía sobre árboles o lingüística. En conclusión, mi mudanza fue épica, básicamente, porque hube de trasladar un camión de libros que probablemente nunca vuelva a visitar.
¿Tenía sentido? Me lo pregunté de verdad. Diré mejor: me lo pregunté de verdad, pero con la más adamantina convicción de que nunca voy a separarme de mis libros. Fue esa convicción la que me llevó a reflexionar sobre el destino de los objetos culturales en la era digital.
Lo primero que pensé fue que tenemos claro que el texto de un libro no es el libro. Pero no tenemos claro qué hace al libro ser un libro. El texto digital es información numérica que luego de ser procesada por alguna clase de computadora aparecerá en alguna clase de pantalla bajo la forma de las palabras que originalmente llenaban las páginas de ese libro.
De la relación que establecemos con la página de papel, en cambio, no participa ningún intermediario. No sólo no depende de la electricidad, los sistemas operativos o los formatos de archivo, sino que además el libro es algo en sí. El texto digital es algo en tanto sea interpretado por un software. Un libro, en cambio, es.
Otro asunto que parece menor, pero está lejos de serlo. Al libro lo podemos tocar. Al texto digital, no. Tocarás tu smartphone o tu Kindle, pero no el libro, que en su transmigración ha quedado desencarnado. El resultado más evidente es que todos los volúmenes pesan lo mismo, huelen igual, se sienten idénticos al tacto, poseen la misma edad y profesan una tipografía siempre igual.
Al toque
Bla, bla, bla, me dije, cambiando de piel. Esos son todos prejuicios derivados de tu formación y tu edad. Esas cajas que te proponés trasladar no son sino reliquias. No es una biblioteca, es un museo. Ya nadie usa ese dispositivo pesado e impráctico llamado libro. Ahora leemos, oímos música y miramos películas en el celular. Todo lo demás es fósil.
En serio, ¿para qué conservar mi (también cuantiosa) colección de discos cuando existe Spotify? ¿Cuál es la lógica de atesorar películas cuando tenemos Netflix? Eso estuvo bien durante un tiempo, pero hoy es completamente innecesario. Todo lo que quieras leer, oír y ver está al alcance de un clic, de forma inmediata. Bueno, no es exactamente así todavía, pero vamos camino de eso.
Cambié de asiento de nuevo y me pregunté: ¿y eso está bueno? ¿Está bueno que todos los libros estén disponibles sin límite, a un clic? No lo sé, realmente. En mi biblioteca, la mayoría de los volúmenes tiene una historia, cuyos hilos se entrelazan con mi propia biografía. Llegaron hasta allí luego de transitar quién sabe qué vicisitudes; algunos han cruzado más de un siglo. Si saco de su estante Las Enseñanzas de Don Juan, no puedo dejar de pensar en la fotógrafa que me lo prestó hace casi 40 años, cuando era un periodista principiante. Es uno de los dos libros en mi biblioteca que nunca devolví. Muchos de esos ejemplares están dedicados. Imagino que ese es también otro reflejo pavloviano. Muchas son primeras ediciones, ¿pero qué sentido tiene hablar de primeras ediciones en un mundo en el que las primicias duran un suspiro? Algunos volúmenes estuvieron prohibidos durante la última dictadura; observación cómica, puesto que hoy pueden borrarte libros de tu Kindle de forma remota. ¿O acaso no ocurrió exactamente eso con 1984, de Orwell, siete años atrás?
Estaba seguro de que en esa habitación llena de cajas con libros había alguna clase de revelación, pero seguía sin poder atraparla.
Pensé entonces en que el uso que le damos a los libros induce a un equívoco o a una paradoja. El consenso dice que los libros son para leer. Tengo mis dudas de que sea tan sencillo, pero no resbalaré por el debate acerca de qué es leer.
En cambio, haré una pregunta. OK, un libro es para leer, ¿pero para qué son varios cientos o miles de libros? Entonces se aclaró todo. Me di cuenta de que los bits no nos privaron de la herramienta de lectura. Si acaso, la mejoraron: ahora es más liviana, está conectada y podés adquirir obras a un clic, etcétera. Pero esa mejora arrasó con las bibliotecas. Nos pasamos 30 años obsesionados con la desaparición del libro, mientras las bibliotecas se esfumaban a nuestro alrededor. El libro no nos dejó ver el bosque, literalmente.
Es más o menos obvio que un pendrive no constituye ninguna biblioteca. Ni siquiera podrías construir una con 100 millones de pendrives cargados con todos los libros jamás escritos.
Ese día, de pie entre las las cajas de cartón prolijamente estibadas en el mismo cuarto donde hasta entonces residía mi biblioteca, entendí, por fin, que una habitación llena de libros no constituye una biblioteca. Para que ese milagro ocurra deben estar en sus estantes, tienen que rodearte, tienen que abrazarte. Una biblioteca es un topos, un lugar, y es también un organismo. Tiene una topografía, una anatomía. Un orden, una sintaxis.
Atrapados en esas cajas, mis libros habían dejado de cumplir esa otra función, una que pasamos por alto durante todos estos años, muy a pesar de que era tan obvia. Ahora no sólo no podía ver sus lomos y decidir repasar algún párrafo, alguna estrofa, sino que no podía estar entre mis libros, resguardado por mis libros.
Los libros son como ladrillos de una fortaleza para el espíritu. Empezamos con un puñado y, con los años, construimos una cada vez más grande, y también más nuestra. Me encontraba, pues, en medio de una demolición.
Los lectores no sólo amamos el libro, sino también las bibliotecas. Por eso, pese a su aspecto vetusto y anacrónico, una biblioteca es siempre la infancia del alma. Porque el lector vuelve a sentir ese incontenible entusiasmo infantil al abrir un libro nuevo o al volver visitar páginas conocidas.
Advertí todavía una cosa más. ¿Cuántos lugares en este mundo invitan, por su propia naturaleza, a bajar la voz, a hacer silencio? Pensalo.
Un estante vacío
Cuando tenía 8 años, mi familia logró tener su primera casa lo bastante espaciosa para darle un lugar a todos los libros. El cuarto que funcionaba como estudio de mi padre asumió ese papel, y lo llamábamos así, La Biblioteca.
Luego conocí la del Colegio Nacional de Buenos Aires, imponente, con tantos volúmenes que en mi primera visita quedé estupefacto. A los 12 años era un lector curtido, pero me faltaba mundo. Nunca había imaginado que podían existir tantos libros; comencé así a sentir esa pena que todo lector lleva adentro, la de que no existe posibilidad alguna de leerlo todo. Era grave, porque desde los 10 años me había propuesto escribir libros, y ahora veía que ya había suficientes. Con el paso del tiempo, siendo todavía un adolescente, decidí que sin importar cuántas obras existieran, en algún estante habría espacios vacíos. Ha sido mi principal búsqueda desde entonces.
A la del colegio le siguieron la Nacional, la del Congreso, la del Maestro. Y otras. Tuve un atisbo de la biblioteca de Borges, cuando me reuní a hablar con él en 1982. Y poco a poco construí la mía. Que ahora espera. En cajas de cartón.