domingo, 14 de agosto de 2016

Quién llevó a Lazaro Báez a los libros?

Lázaro, levántate y lee  /  Matías Serra Bradford

Entre los cientos de libros hallados con los bienes del imputado Lázaro Báez apareció una edición del siglo XVI de La Divina Comedia. Una obra significativa, hace siglos y hoy. El infierno dantesco tiene la forma de un cono de hielo. Es frío como la Patagonia de la que provienen los ejemplares que "pertenecían" a un hombre que, a largo plazo, no supo leer la realidad. Las primeras líneas de la obra son oportunas: "En el medio del camino de nuestra vida / me encontré en un bosque oscuro / porque la vía recta se había perdido".

Quizá Báez ignore que La Divina Comedia se divide en tres partes: Infierno, Purgatorio, Paraíso. Dado que su especialidad han sido las inversiones, ayudado por las circunstancias se podría decir que a esas etapas las está viviendo al revés. Ahora estaría atravesando el Purgatorio y en breve ingresaría al Infierno. Si Báez desconoce que en los círculos del Infierno el poeta florentino supo compendiar un generoso repertorio de debilidades humanas, algún amigo que le quede tendrá a bien acercarle un ejemplar económico de la obra.

Allí podrá enterarse de cómo define Dante a los condenados de esos endemoniados círculos: los bandidos, los lujuriosos, los golosos (son arrojados al fango), los derrochadores, los embaucadores (reciben azotes de látigo), los aduladores, los malversadores, los hipócritas, los ladrones (se los deja entre serpientes), los falsificadores, los traidores, los consejeros fraudulentos (que caminan entre llamas). No será la primera vez que un lector se identifique con los protagonistas de un libro. En esta inmejorable lectura penitenciaria, Báez tendrá además la oportunidad de ponerle una etiqueta a cada uno de los que mejor conoció. (La escandalosa actualidad de la obra nos recuerda que al publicarla Dante causó polémica infiltrando nombres y apellidos reales, de su época, entre los personajes ficticios.) En el mundo hay celebridades que han sido coleccionistas de libros, y en la Argentina ha habido frecuentes episodios de piratería de ejemplares, pero el caso de un malabarista político y operador financiero que fuera construyendo una biblioteca de incunables y primeras ediciones es probablemente una novedad total en la materia. Y otro hito en el turbio currículum de este más que dudoso lector. ¿Lázaro entre libros? Es cierto que parece otro espejismo de ruta patagónica. Invertir en viejo papel impreso no es un negocio común; a lo sumo es una práctica habitual entre libreros de ocasión y libreros anticuarios. Pero tal vez este ex bancario olfateó algún dividendo en el rubro. O a lo mejor pensó que, al tratarse de libros, ni cómplices ni sabuesos poco leídos caerían en la cuenta del valor de reventa de esas posesiones exhibidas en sus estantes o catacumbas. O especuló con arrimar esos ejemplares a lomos similares, pero falsos, para que otros creyeran que detrás de ellos sólo había cedés de música nacional y popular. En lo que sí coincide Báez con la mayoría de los coleccionistas fanfarrones es que no aspiró a esos libros para leerlos. (Por otra parte, los más valiosos ejemplares de su colección están en otro idioma y fuera de un castellano reticente a Lázaro no se le conoce otra lengua que la universal del dinero).

Hay una pregunta clave que sigue viciando el aire puro de los ingenuos y curiosos: ¿Pero quién llevó a Báez a los libros? ¿Quién fue el lazarillo de Lázaro en esta aventura libresca, aquel que le señalaba exactamente qué títulos y ediciones apresar? Habiendo miles y miles de libros únicos en el mundo, ¿qué lo llevó a ediciones antiguas del Dante, de Cicerón, Séneca y Ovidio? ¿Pensaba tomar clases de oratoria de Cicerón, para una hipotética carrera política? ¿Creyó que la Metamorfosis de Ovidio era una gran metáfora sobre la potencia transformadora del dinero? ¿Fue un visionario que supo que debía recurrir al estoicismo de Séneca para enfrentar las horas que se le avecinaban?

La lectura es una de las actividades más democráticas del mundo. Muchísimas personas pueden acceder a ella a un costo relativamente pequeño -abundan las mesas de saldo con clásicos y otros títulos nada despreciables- y se la conoce, entre otras cosas, como un probado vehículo de progreso, personal y profesional. No sucede lo mismo con el coleccionismo, que además de un cierto gusto y una imprescindible codicia, exige un bolsillo abultado. A propósito, un librero anticuario se distingue por su recato y no pregunta jamás por el origen de los fondos.

Lázaro Báez, hombre de mirada escondida, tendrá por delante largos ratos para leer. O para seguir tejiendo (oficio que conoce de sobra): junto a clásicos en valiosas ediciones, en los estantes de su chacra se halló una edición popular de "La biblia del crochet". No debería perder las esperanzas de convertirse en un gran lector: le ha sucedido a no pocos presos y es probable que los libros le presten más consuelo que los diarios.