domingo, 22 de abril de 2012

Tan cerca y tan lejos de la ficción de Bradbury

Como en el mundo futuro de Fahrenheit 451, las pantallas compiten hoy con los libros. Y hemos vivido el horror de la quema como forma de censura. ¿Puede desaparecer el libro? Esa ficción y esta nota ensayan, a su manera, una respuesta

Cuando el bichito de la lectura pica, no se puede parar. Eso le sucede a Montag, protagonista de Fahrenheit 451 , que, como se sabe, es la utopía negativa imaginada por Ray Bradbury. Presenta en ella el futuro del libro en una sociedad totalitaria. 451°F es la temperatura a la que arde el papel, y en esa sociedad los bomberos se dedican a quemar libros y a castigar a quienes los poseen. Montag pertenece a ese cuerpo de bomberos. Es claro: el dedo que pretende tapar el agujero también lo señala. Tanto se porfía en la condena de libros y es tan frecuente el trato con ellos, que terminan por intrigar a Montag.

El bombero se ha vuelto un lector, es decir un criminal, y debe huir del aparato represivo ideado contra los que prefieren el acto íntimo de sentarse en un sillón con una cosa de papel y cartón llena de signos, a las pantallas gigantes y los megashows televisivos que ordenan el consumo y no cuestionan nada.

La literatura futurista suele apelar a ese recurso: proyectar el porvenir de ciertos puntos de la sociedad actual como un toque de advertencia. Probablemente, aunque entre la época en que Bradbury publicó Fahrenheit 451 –a principios de los años 50– y la de hoy el camino haya tomado de algún modo ese rumbo –al menos en lo que respecta al rol de la televisión, por suerte no se vislumbra ese horror represivo que su novela postula. Esto, porque ya hemos sufrido recientemente horrores autoritarios y la sociedad parece tener anticuerpos todavía muy activos. Sin embargo, siempre han existido los que desean la quema de libros. Ya lo había mostrado cuatro siglos antes el Quijote: los libros afectan la mente en un sentido que no se puede controlar y entonces deben ser censurados, ¿por qué no quemarlos, como tantos debieron hacer treinta y seis años atrás en nuestro país y en otras dictaduras del mundo? Pero bien podríamos imaginar un futuro en
donde no esté tan amenazada la lectura, aunque sí la existencia del libro tal como lo concebimos, no sólo por cuestiones ecológicas, sino por los avances tecnológicos que determinan su reemplazo.

Y eso, en realidad, no está tan lejos. El libro electrónico es un hecho, aun cuando muy incipiente en nuestro país, e incluso así es improbable la desaparición del libro tal como lo conocemos y lo queremos hoy. Posiblemente –se ha especulado a menudo sobre el tema–, ambas formas coexistan durante mucho tiempo.

En esa brecha entre el papel y la tinta electrónica, cabe, no obstante, imaginar algunas otras realidades acechantes.
Lo primero a decir es que siempre el lector padece el cambio como una amenaza. Sucedió con el pasaje del manuscrito a la imprenta y hoy es lo mismo con el e-book.

Pero no leemos este tipo de oposición en la novela de Bradbury, sino que se trata, evidentemente, de la propia existencia del libro, o de la palabra escrita. De otro modo: la censura. Quizás, algo que se encontraba presente ya en el Paraíso, puestos Adán y Eva frente al árbol de la ciencia del bien y del mal. Está prohibido acceder a un conocimiento –léase esta palabra literal o bíblicamente–. Pero por qué Yavéh pondría, si no quiere que alcancemos tal conocimiento, ese primer libro –pues se trata de un libro, sin duda– ante ellos. La teología tendrá sus infinitos argumentos: el primero y más ingenuo es que pone a prueba la obediencia de sus criaturas.
El caso acá es que el mito fundante del mundo en el Medio Oriente y en Occidente, de entrada nomás, nos planta al hombre frente al libro censurado. El castigo por transgredir esa ley es la expulsión del Paraíso.
También Platón desconfiaba del libro porque depositaba su confianza en la memoria, y quería expulsar a los poetas –a los productores de libros– de la república.

Quiere decir, entonces, que la palabra escrita es peligrosa porque permite acceder al conocimiento detentado por un poder en la Biblia o porque implica un cambio –tecnológico al cabo– en el modo de alcanzar ese conocimiento, que alteraría al conocimiento mismo, en la versión de Platón.
Haya sido como haya sido, hay algo inquietante: dos hitos fuertes de la cultura van en contra del libro y se sitúan en su raíz. En suma, tanto en el Paraíso como en la República el libro es indeseable. Bradbury agrega el Infierno. No hay lugar para el libro. Esa negación del lugar se liga a lo que etimológicamente es la utopía: ningún lugar.

Sin embargo, no es tan fácil hacerlo desaparecer: en Bradbury el libro amenazado vuelve a sus orígenes y quienes resisten los llevan en su memoria, son verdaderos libros vivientes y es encantadoramente ingenua la forma en que el autor lo muestra. Son profesores, intelectuales, todos más o menos ancianos, que componen la resistencia marginal al orden totalitario. Nada de rudos hombres de acción sino pacíficos memoristas, situados en las orillas de la sociedad. Frágiles soldados. También un formato frágil, tal vez, para el libro, pero más escurridizo.

En aquella otra utopía que es 1984 , Orwell imagina una forma más sutil de la censura: los escritores, al servicio del régimen, reescriben permanentemente la historia –esto es, a diario– según las necesidades del poder en ese momento. La solución es más pragmática: si es inevitable que el libro exista, usémoslo a nuestro favor. Claro, no es fácil decirle a uno que siempre se estuvo en guerra con Oceanía y al día siguiente decirle que siempre existió una alianza con Oceanía, como ocurre en la novela de Orwell; en este aspecto la solución es más compleja pero el aliado es el terror, y son los lectores los que ejercen la censura de sí mismos por medio de lo que Orwell llama "doble pensar", una operación sobre la memoria muy compleja y que algunos personajes públicos manejan hoy con ágil desparpajo.

Persistencia del libro

Pero el olvido no es un simple borrado, sino una manta que cubre, y siempre alguien puede levantarla para ver qué hay debajo.
Es decir que quienes imaginaron la concreta amenaza contra el libro, también imaginaron su persistencia. Es que parece imposible que desaparezca, siempre se las arreglaría para seguir acompañándonos.
Lo extraño es que esta capacidad para transformarse en otra cosa que le permita sobrevivir es, precisamente, lo que el lector resiste. Se trata, pues, ya no de la oposición a la palabra escrita, sino a esas nuevas formas. Para explicarlo, lo inmediato es tomar el hecho como un fetichismo del libro amenazado por el libro electrónico. Los argumentos a favor son más o menos éstos: el ruido de las hojas al correr, el olor del papel, el olor a encolado; las objeciones: la batería que se agota y nos deja sin la página siguiente, el brillo de la pantalla, tal vez el poder abrasivo de la arena para el lector de playa, el atractivo para el ratero.
Son, en realidad, dispositivos que atentan no contra la palabra escrita sino contra el ritual de siglos de lectura.

Cuentan que en los comienzos de la computadora un programa reproducía el sonido de las teclas de la vieja máquina de escribir; hoy escuchamos el ringtone del antiguo teléfono negro en los modernos celulares. ¿Por qué no imaginar, entonces, algo tan simple como un reproductor del sonido de la hoja al pasar?, después de todo, la pantalla táctil preserva en algunos de los aparatitos existentes el movimiento del pulgar deslizando una página. Incluso, ¿es imposible que hábiles marketineros inventen e-olores? Imagínese el lector estos anuncios en la página cultural de su sitio favorito: Madame Bovary (con olor a pétalo de rosa guardado entre sus páginas o en su variante humedad otoñal con ecos de alcanfor), Rojo y negro (perfume de pesadas cortinas y cola reseca o bien madera recién encerada o quizás usted prefiera el olor a tinta con trementina y un leve anisado), y así hasta que nuestros editores fuesen refinando la oferta y llegáramos a
Guerra y paz (en olor a papel de arroz y un toque lejano de naftalina añejado en bibliotecas de algarrobo), y así, para todos los gustos, también, acaso tematizando el libro ( En busca del tiempo perdido , con olor a magdalena, por buscar un ejemplo obvio). O diferentes sprays: lanzados a algo así, los del departamento de ventas podrían ir muy lejos, siempre y cuando –por lo menos en los comienzos del producto– se mantuviesen cerca de aromas ligados al prestigio del libro. Es que en la raíz de este disparate que ahora pergeño está presente no la propia lectura, sino el ritual de la lectura, y es eso lo que seguramente deseará preservar el lector el día en que por algún motivo tenga que resignarse a los paraísos artificiales del e-book.

En esta modestísima utopía, "La biblioteca de Babel" es un cuento para eruditos, y algún escritor dará su versión bajo la forma de e-book infinito que acaso derive en diferentes video-juegos. Ya no habrá bibliotecas en la casa, es claro.

Y las otras, las públicas, como asimismo las librerías, estarán reducidas a la computadora, como de hecho ha ocurrido con la Enciclopedia Británica que dejó de salir en papel y sólo se encuentra on-line.
Habrá, sí, probablemente, un museo del libro. Sus visitantes, no muchos tal vez, se asombrarán del espacio ocupado por los libros, encontrarán olores familiares ahí, semejantes a los que provienen del bolsillo donde llevan su e-biblioteca y quizá les dé cierta náusea el indestilado salvajismo de tales aromas. En ese museo debería haber además una estatua de Montag y otra del Quijote.

La pose del lector

Lo que no va a dejar de haber es lectores. Esa pose que tan bien perfila Alberto Manguel en Historia de la lectura, en la que alguien se aparta del mundo –o más bien ingresa en él por otras puertas–, con la cabeza reclinada y los ojos absortos en un objeto rectangular que sostiene con las manos, arrellanado en un sillón, tal vez no demasiado relajado pero con una tensión distinta, esa pose, pues, no es imposible con el artilugio electrónico, ya que pretende una mínima alteración del rito.

Y también eso puede cambiar, al fin y al cabo el rollo de pergamino obligaba a otra disposición corporal y, yendo más lejos, la tablita de piedra o de arcilla implicaba un esfuerzo muscular diferente. Bastaría, por ejemplo, que a mi anticuado e-book con aroma de frutos rojos y un agradable toque de plástico caldeado al sol de la siesta quisieran reemplazarlo por esa novedad del Quevedo electrónico que se busca imponer en el mercado, ese aparato ridículo que uno monta sobre su nariz y por medio de unas ingeniosas extensiones se sujeta a las orejas, y las palabras desfilan frente a los ojos, a un centímetro apenas, para que se inaugure una nueva pose: el lector repantigado, con las manos detrás de la cabeza y lejos de cualquier visión periférica que lo distraiga.

De todos modos, un dispositivo así, no haría otra cosa que acentuar lo central del gesto: la soledad del lector, la intimidad entre quien lee y quien dejó plasmada un año, un siglo o un milenio antes sus opiniones, su imaginación, su saber, por medio de lo que esencialmente es el libro, el más sencillo de los instrumentos de preservación, la más completa y rica herramienta del hombre: la escritura, la memoria intacta y al alcance en cualquier momento. Ese tesoro que permite toda clase de transformaciones.
Y eso es indetenible. La escritura. La escritura. Algo que tal vez nació de la necesidad del cazador que quiere legar para siempre los valles donde abunda el bisonte o el antílope. Un reyezuelo que debe llevar la cuenta de los impuestos. El comerciante que necesita dejar constancia de cierta mercadería. O esa escritura andante que era, de algún modo, la memoria del juglar.

La escritura recorre como un fantasma tiempos y territorios, propagando ideas por las que tiembla algún poder. Ese poder tiene su propia utopía: la desaparición del libro. Esta es la metáfora que nos lega Bradbury: que su desaparición es utópica.
Quizás, en siglos venideros, un escritor alucine un futuro y lo ponga en palabras. Después, buscando un título, se preguntará a qué temperatura arde un e-book.

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/cerca-lejos-ficcion-Bradbury_0_686331368.html