jueves, 5 de agosto de 2010

Las bibliotecas universitarias [España]

La primera universidad en España fue fundada en Palencia en 1212 y ya disponía de una estancia reservada a la conservación y la catalogación de libros. A los tres años, dicha institución fue vendida a Salamanca, que supo dar un gran impulso a estos estudios superiores, ofreciendo a sus alumnos una de las bibliotecas más importantes desde su nacimiento y hasta el día de hoy. Su finalidad se centra en el apoyo al estudio, la docencia y la investigación. En ella se integra la totalidad de los fondos bibliográficos y documentales de la Universidad. Supone pues una combinación orgánica de personal, colecciones e instalaciones, cuyo propósito es ayudar a los profesores y los estudiantes en el proceso de transformar la información en conocimiento.
Alfonso X establece el cargo de estacionario, cuyo trabajo consistía en tener los libros de una biblioteca universitaria en buen estado para alquilárselos a los estudiantes. Durante el Siglo de Oro los fondos fueron aumentando considerablemente, ya que en muchas universidades como la de Salamanca el estudiante, tras graduarse, tenía que donar un libro a la biblioteca de dicha institución. En este periodo áureo surgieron muchas bibliotecas a la sombra de las nuevas universidades, como la Complutense de Cisneros, cuyo fundador, el Cardenal Cisneros, fue uno de los mecenas más importantes de la cultura española.
En los siglos xvi y xvii universidades como la de Salamanca o la Complutense adquirieron un gran prestigio internacional, en buena medida debido a sus ricas bibliotecas cuyos fondos estaban especializados en Teología, Derecho, Medicina y el mundo clásico fundamentalmente. Durante la segunda mitad del siglo xvii la decadencia política y social trajo consigo un deterioro de estas instituciones y con ello una desatención de sus bibliotecas. Y fue Quevedo, una vez más, quien realizó una crítica corrosiva y certera a esta situación:
Alma de cuerpos muchos es severo
vuestro estudio, a quien hoy su honor confía
la patria, ¡oh, Don Joseph!, que en librería
cuerpos sin alma tal, más es carnero.
No es erudito, que es sepulturero,
quien sólo entierra cuerpos noche y día;
bien se puede llamar libropesía
sed insaciable de pulmón librero.
Hombres doctos de estantes y habitantes,
en nota de procesos y escribanos
los podéis gradüar por estudiantes.
Libros cultos de fuera cortesanos,
dentro estraza, dotoran ignorantes
y hacen con tablas griegos los troyanos.
El Siglo de las Luces quiso imponer un espíritu renovador en todos los órdenes. El Estado pasó a hacerse cargo de las universidades, que perdieron su autonomía. Sus bibliotecas crecieron lentamente, nutriéndose de donaciones, legados o rentas de mecenas. En el siglo xix incorporaron los fondos de aquellas compañías religiosas que fueron suprimidas. Y tendrán que esperar hasta el siglo xx y especialmente hasta nuestros días para que sus colecciones dispongan de libros de casi todas las ramas del saber y ofrezcan sus joyas más preciadas digitalizadas y de libre acceso a cualquier persona que desee consultarlas a través de Internet.
Para Ortega y Gasset, «la misión de la Universidad es la misión de la Biblioteca Universitaria», es decir, formar personas altamente especializadas que contribuyan al logro de los objetivos económicos y sociales de un país.
Por María Jesús Zamora Calvo