sábado, 9 de noviembre de 2019

El vendaval social que derrumbó el Muro de Berlín y alumbró un nuevo mundo ***


El 9 de noviembre de 1989, a pico y pala, empezaron a caer los ladrillos que separaron familias y amores en una de las capitales culturales más intensas de Europa. Qué cambió desde entonces.

Lo llamaron "El Muro de la vergüenza". Y lo fue. También fue un símbolo de la Guerra Fría, que ni fue guerra ni fue fría, y otro símbolo de la Alemania derrotada y deshecha después de la Segunda Guerra. Se levantó el 13 de agosto de 1961 en la que había sido la capital del Reich de Adolf Hitler, que iba a durar mil años, y durante los siguientes veintiocho años y tres meses el Muro de Berlín dividió a un país ya dividido entre comunismo y capitalismo, la occidental República Federal de Alemania, y la oriental República Democrática de Alemania.

El Muro separó familias, clausuró amores y anuló amistades, abrió una amplia brecha cultural en una de las capitales de más intensa cultura de Europa, condenó al comunismo duro al millón y medio de habitantes que quedaron del lado Este de la ciudad, impuso dos estilos de vida, alimentó los intentos de fuga al Oeste más disparatados, muchos terminaron enfangados en los alambres de púas de las barricadas y en la puntería certera de los vopos, la policía militarizada del sector Oriental. El Muro hizo de Berlín una prenda todavía más apetecida de aquel mundo en guerra larvada, y un escenario pintado para el espionaje internacional, con el intercambio de agentes que transcurría en el puente Glienicke, sobre el río Havel. Entretanto, los berlineses lo soportaron todo sin perder las esperanzas en la reunificación alemana. A muchos se les fue la vida en la espera.

Cuando el Muro cayó, hace treinta años, lo hizo con menos pena y más gloria que las que coronaron su alzamiento. Cayó porque caía el comunismo en la URSS, porque Europa miraba con otros ojos a su propio ombligo, y porque la pared otrora imponente en 1989 ya era un andrajo anacrónico que solo recordaba los horrores del totalitarismo soviético.

¿Cómo fue posible el Muro de Berlín? Primero, por Berlín misma. Alemania había quedado dividida en dos después de la Segunda Guerra. Berlín era una isla en medio de la Alemania Oriental. Y estaba a su vez, como Alemania, estaba dividida en dos: un sector Occidental, bajo dominio de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y en parte Canadá, y el sector Oriental, bajo dominio de la URSS.  Berlín siguió siendo la capital del país comunista, mientras la Alemania capitalista había trasladado su capital a Bonn. Para proveer a Berlín y a los berlineses del Oeste de alimentos y combustible, los aliados tenían que pasar por territorio bajo dominio comunista: un equilibrio volátil garantizado apenas por los acuerdos de posguerra. a presencia en la antigua capital del Reich de todas las fuerzas que habían derrotado a Hitler simbolizaba esa victoria y aseguraba un control sobre la ciudad que, se decía entonces y hoy, era y es la llave de Europa. El entonces Primer Ministro de la URSS, Nikita Khruschev, usaba una metáfora más soviética: "Berlín son los testículos de Occidente. Cuando quiero que Occidente grite, aprieto a Berlín". Esa es la segunda razón del nacimiento del Muro.

La tercera razón fue la economía. Desde el final de la guerra y el surgimiento de las dos Alemania, más de cuatro millones de personas habían pasado del Este al Oeste, entre ellos 3.371 médicos (uno de cada cinco del Este), 16.724 maestros y 17.082 ingenieros y técnicos. En cifras proporcionales, el éxodo de Berlín Este al Oeste era similar. El ingreso per cápita de los berlineses del Oeste era más del doble que en el Este. Los berlineses del Este que trabajaban en el Oeste cobraban salarios muchos más altos que sus pares del sector Oriental. Los alimentos eran mucho más baratos en el Este, por lo que los occidentales compraban a precio de ganga en el sector soviético. Esa especulación, que irritaba a Moscú y enfurecía a Khruschev, provocó una tremenda escasez de alimentos, excepto papas, en Berlín Este.

Al borde de la guerra nuclear
Los berlineses del Este habían huido en masa entre 1948 y 1953 en dos ocasiones: cuando Stalin ordenó el bloqueo de Berlín, contrarrestado por un puente aéreo americano que en once meses despachó 277.728 vuelos con 2.343.301 toneladas de alimentos y combustible y, el segundo gran éxodo, en 1953, después de que una protesta obrera fuese ahogada por tropas y tanques soviéticos. Tarde o temprano, la URSS iba a tener que detener esa hemorragia de hombres y dinero en Berlín.  Khruschev quiso hacerlo a su manera. Y desató la cuarta razón que parió al Muro.

En la cumbre que sostuvo con Kennedy en Viena, en junio de 1961, Khruschev amenazó con firmar un acuerdo de paz con Alemania del Este que iba a asegurar, prometió, la libertad de todos los berlineses. Se suponía que el acuerdo debía incluir la retirada de Berlín de las tropas aliadas. Si Kennedy se negaba a firmar ese compromiso, como en efecto hizo, Khruschev prometió firmar la paz unilateral y dejar sin efecto los acuerdos que permitían el libre acceso aliado a Berlín Oeste, lo que abría las puertas a un enfrentamiento nuclear entre Estados Unidos y la URSS. "Podemos destruirnos el uno al otro", dijo Kennedy. "Estoy de acuerdo –dijo Khruschev–. Si ustedes quieren guerra, es problema de ustedes". "Entonces, señor primer ministro, –cerró Kennedy– habrá guerra. Será un largo invierno".

Fue la única vez que se vieron en sus vidas. Cuando Kennedy regresó a Washington, preguntó al Pentágono cuántos muertos estadounidenses calculaban las fuerzas armadas que depararía un enfrentamiento nuclear con la URSS. Le contestaron: 70 millones, casi la mitad del país. Kennedy supo entonces que no habría guerra y el Muro sumó ladrillos. En las dos semanas que siguieron a la cumbre de Viena, veinte mil berlineses huyeron del Este al Oeste, casi todos varones, jóvenes profesionales, la mitad, menor a 25 años. Huyeron a través de las noventa calles, rutas y líneas férreas que por entonces permitían el paso de una Berlín a otra.

Entre tanto, en Estados Unidos, seguían los cálculos para la guerra. Las fuerzas aliadas de ocupación tenían municiones para 18 días, sin necesidad de reabastecerse; comida para 180 días, medicamentos para 210, combustible para 300 días y los berlineses del Oeste, 2,3 millones de alemanes, tenían carbón y combustible para un año, medicinas para seis meses y alimentos para un año que incluían 3244 toneladas de pickles enlatados, 82 toneladas de comida para bebés y 143 toneladas de forraje para los animales del zoológico. Todo, por si el invierno de 1961 resultaba muy largo.

Sin embargo, Kennedy recibió un informe secreto que le aconsejaba prudencia. Aquel documento decía que la postura frente a Khruschev no dejaba margen para otra cosa que no fuese la guerra nuclear. Y advertía: "En esencia, el plan actual requiere tirar con todo lo que tenemos y en un solo disparo. Y eso hace muy difícil cualquier otro recurso que hable de flexibilidad". El informe llevaba la firma de un profesor de Harvard de 37 años y consejero de la Casa Blanca llamado Henry Kissinger, un alemán que había peleado en la guerra como sargento del ejército.

Cimientos del Muro Dos meses después de Viena, Khruschev, presionado a su vez por la línea dura del Kremlin que lo juzgaba débil para enfrentar a Occidente, e incapaz, junto con el líder alemán del Este, Walter Ulbricht, de convencer a sus berlineses de los beneficios del comunismo, diseñó, preparó y plantó la semilla del Muro de Berlín. En la madrugada del domingo 13 de agosto de 1961 un vallado de madera y enjambres de alambres de púas se extendieron a lo largo de los 44 kilómetros de una nueva frontera, hasta entonces invisible, que separaban a las dos Berlín. Otra frontera de 115 kilómetros, aislaba a Berlín, por el Oeste, del resto de Alemania Oriental. A último momento se filtraron al otro lado centenares de berlineses del Este que tomaron por asalto la estación Friedrichstrasse, o cruzaron a la carrera, con lo puesto, algunas valijas y el perro, por la Bernauerstrasse. Los jóvenes que habían ido a pasar la noche en los boliches del Oeste, un desviacionismo burgués según el comunismo, se despertaron con lo puesto y para siempre del otro lado del muro flamante.

El Muro, la mejor propaganda anticomunista

Maderas y alambres de púas no eran un yerro logístico de Khruschev: era cautela, preveía una marcha atrás, una retirada discreta si Occidente desataba una ofensiva contra su decisión de dividir Berlín. Pero Estados Unidos, la Francia de Charles de Gaulle y la Gran Bretaña de Harold MacMillan callaron, tal vez para no provocar a Khruschev o al Kremlin. En septiembre, el Muro se hizo de piedra. "Alemania del Este nos ha hecho un favor", dijo Foy Kohler, asistente para Asuntos Europeos del Departamento de Estado americano que dirigía Dean Rusk. No estaba muy equivocado: el Muro fue una usina de propaganda anticomunista durante tres décadas para Estados Unidos.

No hubo guerra. Berlín siguió siendo la presa codiciada. Un año después del Muro, durante la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, Kennedy tuvo la certeza de que esos misiles que apuntaban a Washington eran una provocación de Khruschev para apoderarse de Berlín. "Quiere Berlín –dijo el presidente a sus consejeros–; si ponemos la mano en Cuba, Khruschev va a tomar Berlín". Tampoco pasó. Los berlineses del Oeste empezaron a vivir una nueva vida, con la impronta política y económica de Occidente. Los del Este empezaron a obsesionarse en escapar. Muchos lo intentaron desde los edificios de la Bernauerstrasse, lindante con el Muro: se arrojaban al vacío, hacia Berlín Oeste, donde los esperaban las redes tendidas de los bomberos. Muchos no daban en el blanco. Con los años, toda la zona de edificios pegada al Muro fue demolida por el Este, hasta dejar una amplia "tierra de nadie", cubierta por alambradas de púas y corredores con guardias armados.

La guerra fría en código de letras

Hubo tres puntos de control que recibieron nombres en código para liberarlos de la fonética alemana: el puesto Alfa, de Helmstedt, el Bravo, de Dreilinden y, el más famoso, el Checkpoint Charlie, el retén de la Friedrichstrasse. Cerca de 5000 berlineses del Este lograron fugar a Berlín Occidental, entre ellos el guardia Conrad Schumann, inmortalizado en una foto que lo muestra volando sobre los alambres de púas mientras se quita el fusil del hombro. Otros 57 berlineses lo hicieron en octubre de 1964, a través de un túnel; 192 personas murieron baleadas por los guardias del Este, entre ellas Peter Fetcher, un albañil de 18 años al que dejaron morir desangrado al pie del Muro y a la vista de todo el lado occidental, en agosto de 1962. La leyenda, y las probabilidades, dicen que Libre, la canción que el español Nino Bravo hizo célebre, está inspirada en la muerte del chico Fetcher. En la actualidad, el sitio de muchas muertes puntuales es conmemorado por toda Berlín en placas de bronces.

Berlín del Este imitó en muchos aspectos el estado totalitario soviético: falta de libertades individuales y políticas, una obsesión permanente por controlar la vida de los berlineses, todos sospechosos. Un mundo opresivo donde hacía y deshacía la Stasi, la policía secreta, que llegó a ser la más numerosa del mundo en relación con la población, y que fiscalizaba además las vidas privadas. El lado más rico en cultura de Berlín –por empezar, la isla de los grandes museos, en el río Spree, que quedó en el Este- entró en decadencia.

El arte y la literatura fueron controlados por el poder central, con la censura en el corazón del sistema de supervivencia del régimen. Los líderes de la RDA, Walter Ulbricht y Eric Honecker, proclamaron siempre su convicción de que nada podía entorpecer "el progreso del socialismo", mucho menos quienes exigían libertades fundamentales, acusados de "agentes del imperialismo". "Tenemos un solo objetivo –proclamaba Honecker–; hacer todo por el bien del hombre, por la felicidad del pueblo, por los intereses de clase y de todos los trabajadores. Ese es el sentido del socialismo".

A inicios de los años 70, Willy Brandt, ex alcalde de Berlín y un histórico Canciller de la RFA, emprendió junto con Honecker cierta política de aproximación. Querían suavizar un poco los rigurosos controles fronterizos de Berlín. El comunista Honecker aceptó otorgar permisos de viaje para la "población improductiva", la gente de la tercera edad, pero a cambio del reconocimiento de la RDA como un estado soberano y la extradición de sus ciudadanos residentes en la RFA, los que habían huido de Berlín Este. El acercamiento fue un fracaso. Muro y fronteras quedaron en manos de la RDA, que esgrimía una excusa de lo más simpática e hipócrita para justificarlo todo: se trataba de "muros de protección antifascista contra la inmigración, la infiltración, el espionaje, el contrabando, las ventas y demás agresiones occidentales". La Alemania comunista glorificó la ocupación de Stalin e hizo de la derrota una buena noticia por décadas.

Tecnologías para dividir El Muro crecieron y se perfeccionaron. En 1975 era de hormigón armado, medía 3,6 metros de alto y constaba de 45.000 secciones independientes de 1,5 metros de largo. Le costó más de 16 millones de marcos a la Alemania Oriental. Toda la frontera berlinesa estaba protegida por una valla de tela metálica, cables de alarma, trincheras para evitar el paso de vehículos, la simbólica cerca de alambres de púas, más de 300 torres de vigilancia y treinta búnkeres.

Solo que en cierto momento, en los años 80, la señal televisiva ZDF de Alemania Federal empezó a sintonizarse en todos los livings de la Berlín comunista… El Muro cayó en noviembre de 1989. En paralelo con el proceso de apertura en la URSS, iniciado por Mikhail Gorbachov, y coronado por los nuevos conceptos de glasnost perestroika (transparencia y apertura política, y reestructuración, en especial en la economía), la vieja URSS empezó a crujir. Gorbachov había llegado a la secretaría general del PC cuatro años antes, Occidente lo miraba con simpatía, la inflexible Margaret Thatcher lo invitó a Londres para conocerlo en persona, Ronald Reagan empezó a hablar con él sobre desarme. Sobre esa ola se montó Reagan el 12 de junio de 1987 para exigirle a Gorbachov que tirara abajo el Muro de Berlín, en aquel célebre discurso de espaldas a la Puerta de Brandeburgo. Enfermo y cuestionado, Honecker llegó a celebrar los 40 años de la RDA pero renunció como su mandamás el 18 de octubre de 1989. Las presiones de toda Europa Oriental estallaron ese mismo día. Lo sucedió Egon Krenz. Hungría, la rebelde de los años 50, dio el primer paso: el PC húngaro se había disuelto el 7 de octubre para abrirse a políticas más democráticas y a una economía de libre mercado y, de inmediato, fue demolida la cerca de alambres de púas que separaba a Hungría de Austria. Ese acto fue el primer mazazo. Los germano orientales podían ahora viajar a Hungría, como siempre, pasar a Austria, como nunca, y desde allí ingresar a Alemania Occidental.

Krenz dispuso entonces nuevas normativas para que los berlineses del Este pudieran visitar Berlín Occidental por cualquier punto fronterizo y sin los requisitos burocráticos que existían y que trataban de impedir cualquiera de esos viajes. El 9 de noviembre le encargó dar la noticia a un buen comunista, el portavoz Günter Schabowski, que había nacido en Pomerania, era periodista, licenciado por la Universidad Karl Marx de Leipzig, la ciudad donde pocos meses antes habían comenzado unas tímidas reuniones de disidentes.

El comunicado no hablaba del Muro sino de "puestos fronterizos". Pero cuando Schabowski leyó el documento a los periodistas, el italiano Riccardo Ehrman, que como todos pensaba qué iría a pasar con el Muro, preguntó cuándo empezaba a regir la nueva reglamentación. Schabowski, que no había leído que el comunicado hablaba de "mañana", dijo: "Hasta donde sé… será efectivo de inmediato, sin demoras…" Otro periodista entonces quiso saber en qué quedaba el Muro y Schabowski, sin instrucciones, no supo qué decir. Fue una respuesta.

Esa noche los berlineses colmaron los dos retenes fronterizos para pasar a Berlín Occidental; los guardias del Muro tampoco pudieron detener a una oleada humana que se abalanzó sobre el cemento armado con picos y martillos. El Muro empezó a caer. Los alemanes cantaron a Beethoven, Mstislav Rostropovich y su violonchelo revivieron al pie del Muro las suites de Bach: cuatro cuerdas contra el cemento. Alemania se reunificó un año después, bajo la guía del canciller H.Kohl.

El muro está en la cabeza

Otra frontera, otro muro invisible divide, que no separa, a las dos Alemanias. Y Berlín no es la excepción, ya no. El lado occidental, como antes, es más rico que el oriental. El oriental es más nacionalista que el occidental. Hay más inmigrantes en el lado occidental y en el oriental consideran un tragedia la inmigración. Los occidentales controlan todavía muchos puestos de poder en el Este: ocho de cada diez jueces y fiscales del Este crecieron y se educaron en el Oeste. 

Ninguna de las más importantes compañías alemanas que cotizan en bolsa tiene su casa matriz en el Este, donde el discurso político gira hacia el nacionalismo y es fuerte el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). Los profesores, jueces, médicos, ingenieros, técnicos que en 1961 huían en masa a Occidente fueron llevados a los estados del Este alemán para reemplazar a una generación que había crecido y se había educado inmersa en el comunismo.

El muro invisible dice que el desempleo en el Este alemán es del 19 por ciento mientras que en el Oeste no supera el 10 por ciento. Los salarios son un poco más bajo en el Este: 1700 euros contra 2300 por el mismo trabajo. Desde 1989 todos los alemanes pagan un porcentaje de su salario destinado a un fondo de reconstrucción de Alemania Oriental. Fue más alto del que se destina hoy, el 5,5 por ciento de cada salario. Se calcula que entre 75 y 80 mil millones de euros anuales se destinan en subsidios para el Este alemán, lo que representa el4 por ciento del PBI del parte occidental de Alemania, pero es el 40 por ciento del PBI de la parte oriental, según cifras del Instituto de Investigaciones Económicas de Alemania.

Los expertos sostienen que todavía existen tres grupos bien diferenciados de alemanes del sector oriental que se sienten atraídos por el comunismo: los ancianos, que crecieron y vivieron en el antiguo bloque soviético, los empleados acomodados del antiguo régimen que perdieron sus privilegios con la caída del Muro y los jóvenes desempleados y marginales, que se sienten avasallados por el capitalismo.

"El Oeste se apoderó del Este", dicen quienes integran el movimiento antinmigrante Pegida, sigla de "Europeos Patrióticos Contra la Islamización de Occidente", vinculado de alguna forma a Alternativa para Alemania. Manifiestan todos los lunes en Dresden, capital de Sajonia, la ciudad que fue destruida por los bombarderos aliados pocos meses antes del final de la Segunda Guerra. Los manifestantes de Pegida son casi todos hombres y casi todos, mayores de 50 años. Son los que crecieron cuando el Muro era flamante

*** Alberto Amato / diario Clarin

lunes, 28 de octubre de 2019

Mauricio Macri y Alberto Fernández iniciaron la transición del poder

Mauricio Macri y Alberto Fernández iniciaron la transición del poder

 

El presidente Mauricio Macri y su sucesor, Alberto Fernández, mantuvieron este lunes la primera reunión para coordinar el proceso de transición del poder con el objetivo central de evitar cualquier sobresalto que pueda agravar aún más la situación económica.  

#AlbertoFernández llegó serio y puntual, minutos antes de lo acordado, con la solitaria compañía de su vocero, Juan Pablo Biondi. Por espacio de una hora, el presidente electo dio inicio formal a la transición que derivará en su llegada al sillón de Rivadavia, con su encuentro con el presidente Mauricio #Macri, a quien derrotó por casi ocho puntos en las elecciones de ayer.

 

De la reunión, manejada con cautela y hermetismo desde ambos espacios, trascendió primero una foto, en el despacho presidencial, en el que ambos miran a cámara, sonrientes y distendidos. No hubo, como se preveía, una declaración conjunta, luego de los chispazos y acusaciones que el Presidente a cargo y el mandatario electo intercambiaron durante la campaña electoral. "Fue una reunión muy buena, empezaron a charlar sobre la transición, y coincidieron en que ese proceso debe ser ordenado", afirmaron cerca del Presidente, que podría luego dar más detalles del encuentro en un encuentro con la prensa. Fuentes cercanas al presidente electo afirmaron que Fernández le anticipó a Macri que le irá "pasando" los nombres de aquellos dirigentes que designe para acordar la transición en las distintas áreas de gestión. Por el lado del Gobierno, esa tarea estará a cago del ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, y su par de Interior, Rogelio Frigerio.

Antes de encontrarse con Macri, Fernández fue recibido en la escalera Francia por el secretario general de la Presidencia, Fernando de Andreis. Saludó, además, a distintos empleados a quienes conoce de su paso por el gobierno #kirchnerista, como el fotógrafo presidencial Víctor Bugge, mozos y personal de Casa Militar.

Tras su cumbre con Macri, Fernández se dirigió al comando de la calle México, donde esta reunido con su equipo de colaboradores, encabezado por Santiago Cafiero. Del encuentro participan también el vocero de Fernández, Juan Pablo Biondi, y el dirigente del PJ porteño Juan Manuel Olmos. Ellos tuvieron una primera versión de la cita en la Casa Rosada.

Fernández le entregó a Macri la lista de 40 dirigentes que tendrán a cargo la transición. Fueron 50 minutos netos de reunió

domingo, 27 de octubre de 2019

Día Internacional de la Biblioteca 2019


Ana Nebreda publicó:"En este día y desde 1997, celebramos el Día de la Biblioteca por iniciativa de la Asociación Española de Amigos del libro Infantil y Juvenil, en colaboración con el Ministerio de Cultura. Se celebra cada 24 de octubre con el objetivo de concienciar sobre"
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Día Internacional de la Biblioteca 2019

por Ana Nebreda

En este día y desde 1997, celebramos el Día de la Biblioteca por iniciativa de la Asociación Española de Amigos del libro Infantil y Juvenil, en colaboración con el Ministerio de Cultura.

Se celebra cada 24 de octubre con el objetivo de concienciar sobre la importancia de la lectura y como reconocimiento a la labor de los bibliotecarios, en recuerdo de la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo incendiada el 1992 durante la Guerra de los Balcanes.

Cada año se encarga a un escritor y a un ilustrador, ambos de reconocido prestigio, la redacción del pregón y el diseño del cartel que se difunde entre todas las bibliotecas de España, asociados e interesados.

Este año los elegidos han sido la escritora Gemma Pasqual y el ilustrador Miguel Calatayud

Este es el texto del pregón "La Sin Cuento":

No quería ser princesa, no quería ser liberada por el príncipe azul. Tampoco que el beso de un Príncipe la devolviera a la vida; ni que la salvara de la explotación infantil, no quería esconderse en la casa de los siete enanitos y ser su criada hasta que un príncipe la viniese a rescatar. No era capaz de renunciar a su voz por el amor de un muchacho; ni esperaba que San Jorge la salvara del dragón. Nobles princesas condenadas a dormir o al silencio, por orden de una madrastra, de un padre o de un hada buena.
Y se calzó sus zapatos rojos y huyó de su cuento, corrió y corrió buscando refugio, convirtiéndose en una sin cuento. Era una sin libro, una sin papeles, no la querían en ninguna parte.
En una cáscara de nuez navegó por el Mar de las Letras, y naufragó. Nadaba contracorriente, fuertes olas de frases la ahogaban, y cuando se dio por vencida y se abandonó a su suerte, de repente, la salvó la capitana Pippi Långstrump, una niña libre, generosa, que nunca se aburría, que se atrevía a cuestionar el razonamiento de los adultos. Acompañada por Matilda navegaban por el mar de las letras para rescatar a todos aquellos personajes que se aventuraban a cruzar el mar buscando un cuento mejor. Heroínas con fuerte sentido de la justicia y del deber de proteger a los más débiles.
Finalmente, después de muchas tribulaciones llegaron a puerto seguro, el Puerto de la Biblioteca, el Paraíso del que le había hablado Borges. Un lugar lleno de tesoros hundidos, como le había dicho Virginia Woolf; una nave espacial que la llevaría a los puntos más lejanos del universo; una máquina del tiempo que la transportaría al pasado lejano y al lejano futuro; una salida a una vida mejor, más feliz y más útil, como le explicó Isaac Asimov. Un lugar donde no necesitaba ser princesa para ser la protagonista de todos los cuentos.
Larga vida a las bibliotecas, refugio de todos, también de los sin cuento, de los sin libro, de los sin papeles, de las niñas que no quieren ser princesas y de los niños que no quieren ser héroes. Larga vida a los bibliotecarios y bibliotecarias, guardianes del Paraíso, de máquinas del tiempo y de grandes tesoros como son los libros.

 

 

 

Desde el  Plan de Fomento de la Lectura de Extremadura  




se difunde el ·#DíaInternacionaldelaBiblioteca 2019 con el manifiesto y el cartel realizado por Fermín Solís.




Una divertida y entrañable historieta para no dejar de leer y hacer de los libros y las bibliotecas nuestros inseparables compañeros.

"Nada sin las Bibliotecas"

 

 

 

 


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Ana Nebreda | octubre 24, 2019 de 5:48 pm | Categorías: Biblioabrazo. Ana Nebreda | URL: https://wp.me/punRj-71l
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sábado, 26 de octubre de 2019

Chile, Bolivia, Ecuador, el mundo: la rebelión de los nuevos “precarios”

La clase media y media baja está yendo a las calles, como en el reciente pasado lo hicieron los "indignados", para reclamar un cambio en la distribución del ingreso que los incluya. Es un fenómeno global que tiene en Chile hoy su ejemplo más estridente, aunque no solo ahí.

La política no es el arte de lo posible si no el arte de hacer posible lo necesario. Jacques Chirac resumía con esa observación una didáctica que guarda hoy más vigencia que cuando este conservador lúcido la pronunció desde la presidencia francesa. La ausencia de ese "necesario" es lo que configura el fracaso de la política. No es un fenómeno nuevo. Pero lo actual es su extensión y enorme visibilidad.

El chileno es el caso más estridente de ese fallido del Estado y del propio sistema. Pero también sucede en simultáneo y con menos prensa en sitios como Líbano e Irak, donde se marcha con iguales demandas contra la desigualdad ("todos quiere decir todos", proclaman los libaneses) y donde, también, se apilan muertos. Estas crisis nacen del furor de poblaciones que reaccionan contra las formas en que se han venido haciendo las cosas. En otras palabras, en cómo se distribuye el ingreso que exhibe en estas épocas una concentración sin precedentes.

Son los nuevos "precarios" como los definía el sociólogo Ulrich Beck cuando analizaba el efímero fenómeno mundial de los indignados, hace una década. No son los excluidos, no es el proletariado. Es la gente de la clase media que protesta porque no puede comprar un seguro médico, que debe endeudarse ante una enfermedad o para que sus hijos estudien. Ese reproche con estas magnitudes y ese origen deslegitima y desestabiliza un sistema que ha amontonado a los sectores que antes protagonizaban la movilidad social con los condenados al no crecimiento, en lugar de proceder a la inversa, como se debería.

Un dato interesante es que la rebelión en Chile no arrancó como una expresión destituyente. Las movilizaciones no exigían en su mayoría la caída del gobierno o un modelo distante del que se ha venido construyendo los últimos 30 años. Lo que se ha venido reclamando es otro orden en el cual estén incluidos.

Existe cierta sorpresa y ánimo conspirativo por la oleada de crisis que sacude a la región, primero en Ecuador, ahora en Chile y, con un formato más particular, en Bolivia. Es cierto que no son escenarios similares pero lo que los asemeja es el mismo proceso de agotamiento y frustración de sus sociedades junto a un desplome de la calidad democrática. Ese reproche se da en las calles o en el voto castigo como sucedió en las PASO argentinas o en el repudio a la política detrás de la elección en Brasil del ultra Jair Bolsonaro.

En Bolivia es la primera vez que a Evo Morales se le complica el panorama electoral y acaba de escapar entre sospechas de fraude de una segunda vuelta que seguramente lo sacaba del poder.

La coincidencia entre esos casos surge del hecho de que la región experimenta la parte que le toca del parate que sufre la economía planetaria y la reaparición del espectro de la recesión. Esa retracción derrumba el precio de los commodities, rubro clave en la periferia. Chile no diversificó su economía y sigue dependiendo del cobre del cual es el mayor productor mundial. Pero el precio del metal está en la mitad de su precio histórico, parte de la explicación del reducido crecimiento que experimenta el país los últimos largos años y que el ingreso per capita permanezca inmóvil los últimos diez años, indicador que define el ingreso individual.

Bolivia y Ecuador producen gas y petróleo, respectivamente, insumos que sufren la misma depresión. Esas rentas, al reducirse como sucede con el cobre, recortan aún más la capacidad distributiva de los Estados y cancelan la lógica de que los hijos idealmente deberían vivir mejor que sus padres.

Si se amplía la mirada se advierte que el declive electoral que comienza a insinuarse como tendencia entre los populismos de ultraderecha europeos liga precisamente con su incapacidad para corregir esa deformación. La gente vive peor que antes. Estos movimientos ultras, recordemos, surgieron a caballo de la frustración de los segmentos de ingresos medio que disparó la crisis global de 2008 y la concentración posterior. En todo el planeta, así como vemos en Chile, esos sectores se convirtieron en espectadores de un progreso que no les llegaba.

El fracaso de la política, y la devaluación del poder transformador de la democracia, se asienta en que no se advirtió o no se quiso advertir esa creciente desilusión. En el caso de Chile, Piñera reconoció el fallido de la profunda desigualdad, pero repitió el error al anunciar un plan de alivio social que fue poco y llegó tarde aunque seguramente hubiera sido mucho de haberlo aplicado antes de esta crisis. En especial, por el recorte dispuesto al costo de la energía hogareña y el retroceso en el precio del boleto de subte. Después de los alimentos, el transporte y la energía son el segundo gasto mayor de las familias chilenas.

Pero en el programa faltó una revisión del gabinete, que hubiera señalado la seriedad de la toma de conciencia del conflicto y una Reforma Tributaria que fondee un ciclo redistributivo. La reforma que estaba sobre la mesa y fue urgentemente archivada, disponía en cambio una multimillonaria reducción de impuestos para el 1% de mayores ingresos del país que captura el 26,5% de la renta nacional contra el 2,5% que se reparte la gente que está protestando en las calles. El agravante es que el mandatario tampoco anunció el retiro de los militares de la calle ni insinuó una autocrítica por una represión a la que se apostó irresponsablemente como herramienta para abortar la protesta.

El plan de Piñera incluyó mejoras en el sueldo básico, las jubilaciones y un impuesto del 40% a las rentas superiores a US$ 11 mil mensuales. Ese gravamen recaudará apenas US$ 160 millones. El gasto de todo el paquete será de US$ 1.200 millones. No es claro cómo se financiará este nuevo gasto si no se modifica la tributación. Son muchas las razones para que la gente no le crea al gobierno. Pero el problema más delicado es que Piñera al no cubrir el vacío que su desconcierto revela, esas masas irritadas tomarán totalmente las consignas de los grupos violentos que han venido reclamando su renuncia como una cuestión innegociable. 

Hay otra dimensión en este embrollo. El asombro por una crisis semejante en un país que el propio jefe de Estado describía días atrás como un oasis, alimentó la suposición conspiradora de una mano bolivariana detrás del conflicto. No es casual que el ecuatoriano Lenín Moreno se haya abrazado a esa idea sin sustento para tratar de licuar su responsabilidad en la rebelión que lo obligó a dar marcha atrás, hace muy poco, con la quita de los subsidios al combustible. Es razonable que un gobierno limpie su presupuesto de ese tipo de prácticas distorsivas, pero el presidente ecuatoriano lo hizo descargando el peso del ajuste sobre los sectores menos favorecidos, indígenas y segmentos medios. No hubo un criterio selectivo, no hubo política, y se apostó a que la gente absorbería pasivamente el golpe. El mismo fallido chileno con el aumento cegato del boleto de subte que disparó la furia,

El boliviano Evo Morales también comparte este rito de los liderazgos arriba de todo y con las ventanas cerradas. Acaba de ejecutar en versión extrema una concepción plebiscitaria de la democracia, ritual del populismo latinoamericano, que consiste en que el voto solo existe para ratificar al líder, jamás para cuestionarlo. El mandatario desdeñó la opinión de sus propias bases que rechazaron en un referendo que buscara una cuarta reelección. Y le quitó valor a ese disgusto como a los ruidos que comenzaba a producir el bajón de su economía, cuyo crecimiento último se ha sostenido en el uso de las reservas.

Ese comportamiento explica que Morales haya enfrentado por primera vez en sus 14 años en el poder una consistente ofensiva opositora que sumó a parte de sus votantes históricos. Esa reacción apuntaba a removerlo del poder y le facturó ya la mayoría parlamentaria. Una segunda vuelta abría todas las probabilidades de un recambio del Ejecutivo. De confirmarse que el gobierno manipuló los resultados para evitar ese destino, Morales se acaba de comprar un futuro imprevisible. Ya se sabe lo que sucede cuando la política no hace posible lo necesario.

Copyright Clarín 2019

 

 


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